Un recordatorio del “Tolo”, el emblema de Berisso cuya vocación de servicio sigue siendo un ejemplo.
El 15 de abril de 1956 marcó oficialmente el inicio de su carrera, pero la vocación de servicio de Luis Denari ya se había manifestado mucho antes. Siendo aún estudiante y durante el servicio militar, ya se le encomendaba el cuidado de la guarnición, asumiendo con compromiso el rol de sanador antes incluso de recibir su diploma.
Con el título en mano, eligió la Medicina Clínica como especialización en el Hospital Horacio Cestino, aunque su corazón terminó latiendo al ritmo de la pediatría. Su camino, sin embargo, tuvo algunas pausas que él mismo solía recordar con una sonrisa. En una de esas ocasiones, fue llamado a formar parte del área de Salud Pública junto a Raúl Filgueira, el primer Comisionado de la ciudad de Berisso. Aceptar significaba hacerse cargo del dispensario y hasta de la veterinaria, pero su espíritu incansable no conocía límites.
Su compromiso lo llevó a ser médico escolar, Inspector Sanitario de la Provincia de Buenos Aires y Secretario Técnico del Ministerio. En esta última función, dejó una huella imborrable al fundar la sala de primeros auxilios en la Isla Paulino, garantizando atención sanitaria en un rincón olvidado.
El médico de la escucha y la entrega total
Para Denari, la medicina nunca se limitó a los títulos ni a los cargos. Atendía en su consultorio de casa, recibía pacientes en la clínica del Dr. Patrizzi y, tras jubilarse a los 60 años, simplemente se negó a descansar. Continuó brindando atención en su consultorio de Montevideo y 13, donde trabajó hasta que, como un irónico guiño del destino, en su último día de consultorio contrajo un germen que le bajó las defensas, como si su cuerpo entendiera que había llegado el momento de parar.
El “Tolo”, como tantos lo conocían con cariño, supo compartir su amor por la medicina con su familia. Realizaba visitas a domicilio en su inseparable Renault 4L. En los días fríos del invierno, preveía las epidemias de gripe y preparaba remedios con dedicación artesanal. En las noches de visitas al Barrio Obrero, encendía fósforos para espantar las jaurías de perros y seguía adelante con su labor, sin importar las dificultades.
Nunca preguntó por la capacidad de pago de sus pacientes. Cuando el Padre Carlos Cajade comenzó a acoger a los niños más necesitados, allí estaba él, sin dudarlo, con su consulta generosa y su presencia inquebrantable. Su formación médica siempre estuvo guiada por la empatía y la escucha. “Hablar con el paciente es comprender la enfermedad”, repetía con convicción desde su escritorio.
Un legado que perdura en las vitrinas y los recuerdos
Hoy, en su viejo consultorio, aún quedan vitrinas con instrumentos médicos, cajas repletas de libros y un guardapolvo que evoca las innumerables horas de entrega. Las puertas se abrían a las dos de la tarde y solo se cerraban cuando el último paciente había sido atendido, sin importar si eran las ocho o las diez de la noche.
Su pasión por la medicina le arrebató feriados y fines de semana, le impuso horarios interminables y lo mantuvo siempre en pie, con la vocación como única brújula. Le decían que, al jubilarse, encontraría descanso, pero él nunca logró acostumbrarse a ese estado. Aún en su retiro, seguía evocando con precisión cada historia, cada paciente, cada pequeña anécdota que formaba parte del latido de su vida.
Berisso despidió al Doctor Denari, al Tolo, a un emblema de la ciudad en agosto de 2020. Paradójicamente, ocurrió en medio de una pandemia, ese escenario en el que él hubiese estado en la primera línea, ofreciendo sus manos y su sabiduría. Sin embargo, su legado no se apaga. Permanece en cada historia, en cada niño que atendió, en cada persona que encontró en él no solo un médico, sino un ser humano extraordinario.
Fuente: Facebook de Historias de Berisso / El tranvía del tiempo
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