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Columna de opinión – Berisso Digital

Durante siglos, el analfabetismo fue una forma brutal de exclusión. Quien no sabía leer ni escribir quedaba afuera del conocimiento, de la política y muchas veces hasta de la dignidad social.

Hoy el problema parece otro. Casi todos tenemos una pantalla en la mano. La información circula en cantidades gigantescas y las respuestas aparecen en segundos. Pero esa abundancia trae una paradoja: nunca hubo tanto acceso a datos y, al mismo tiempo, tanta dificultad para comprender cómo funciona el mundo que los produce.

El analfabetismo del siglo XXI ya no es no saber leer. Es no entender quién organiza lo que leemos.

Detrás de cada búsqueda, de cada video recomendado, de cada noticia que aparece en el teléfono, hay algoritmos. Sistemas diseñados por grandes empresas tecnológicas que procesan millones de datos para decidir qué vemos y qué no vemos.

Las personas ya no son solo usuarios. También son materia prima. Cada clic, cada “me gusta”, cada comentario y cada compra genera información que se almacena y se convierte en un negocio multimillonario. En la economía digital, los datos valen más que el petróleo.

Mientras tanto, las pantallas se multiplican.

Antes faltaban libros. Hoy sobran dispositivos.

Pero tener acceso a tecnología no significa necesariamente tener más conocimiento. Muchas veces significa lo contrario: consumir información sin entender quién la produce ni con qué intereses.

La inteligencia artificial aparece ahora como la gran promesa de la época. Sus defensores aseguran que democratizará el conocimiento, que permitirá aprender más rápido y que ayudará a resolver problemas complejos.

Algo de eso es cierto. La tecnología puede ser una herramienta extraordinaria.

Pero también puede generar una ilusión peligrosa.

Cuando una máquina responde en lenguaje natural, muchos sienten que alguien los escucha. Cuando una máquina escribe, muchos creen que alguien está pensando por ellos. La experiencia parece humana, pero en realidad es el resultado de sistemas entrenados con enormes bases de datos y financiados por actores económicos muy concretos.

La tecnología nunca es neutral.

Siempre responde a decisiones de diseño, a intereses comerciales y a estructuras de poder.

En sociedades como las nuestras, acostumbradas históricamente a obedecer —al patrón, al militar, al banco o al FMI— la autoridad tecnológica puede instalarse con facilidad. Antes se obedecía al uniforme. Hoy se obedece al algoritmo.

La diferencia es que el nuevo control no necesita censura abierta. Funciona de otra manera.

No prohíbe: satura.

Un océano de información donde todo circula al mismo tiempo. Noticias verdaderas, rumores, propaganda, opiniones y desinformación mezcladas en el mismo flujo. En ese ruido permanente, la verdad muchas veces se pierde sola.

Los algoritmos agravan el problema. Aprenden de nuestras emociones, de nuestros miedos y de nuestras preferencias. Luego nos devuelven contenidos cada vez más parecidos a lo que ya pensamos.

Así se construyen burbujas informativas donde cada grupo vive dentro de su propia versión de la realidad.

Como decía Eduardo Galeano, el mundo a veces parece funcionar al revés: el que duda parece ignorante y el que grita parece sabio.

En el sur del mundo, donde históricamente fuimos laboratorio de experimentos económicos, ahora también somos laboratorio de experimentos digitales. Las bibliotecas pierden centralidad mientras las plataformas digitales acumulan cantidades gigantescas de datos.

No se trata de demonizar la tecnología. Sería absurdo. Las herramientas digitales y la inteligencia artificial pueden mejorar la educación, la salud y la investigación científica.

El problema no es la herramienta.

El problema es quién sostiene el mango.

La inteligencia artificial también es un recurso estratégico en la competencia global por el poder. Junto con la energía, los minerales y el armamento, se ha convertido en uno de los territorios centrales de disputa entre potencias.

Por eso la verdadera alfabetización del siglo XXI no consiste simplemente en aprender a usar aplicaciones o plataformas.

Consiste en aprender a preguntarse cosas incómodas.

¿Quién programa los algoritmos?
¿Quién financia las plataformas?
¿Quién gana dinero con los datos que producimos todos los días?

La discusión sobre si las máquinas pueden pensar es interesante. Pero hay una pregunta más urgente: si nosotros estamos dispuestos a seguir pensando por nosotros mismos.

Porque cuando la reflexión crítica se delega en sistemas automáticos, la democracia corre un riesgo silencioso.

Puede transformarse en una interfaz donde los ciudadanos participan, opinan y votan… pero dentro de un escenario diseñado por otros.

La tecnología puede ampliar la libertad.
Pero también puede administrarla.

Y la diferencia entre una cosa y la otra depende, en última instancia, de algo mucho más antiguo que cualquier algoritmo: la conciencia crítica de una sociedad.

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