Unas cuadras de tierra separan al barrio Mocoví de Berisso, del asfalto. A medida que uno se va acercando por la calle 27, logra ver en el horizonte “la 66”, que pasa por detrás y algunos terrenos que aún no están poblados. Las casas son, en su mayoría, de material, algunas en construcción, otras esperan hace años por un revoque que las revista. Al llegar a la calle 28 y 155, y con un baldío enfrente, se levanta el SUM de la comunidad mocoví. Levantado con los bloques que los mismos miembros de la comunidad fueron elaborando. En la puerta y bajo un sol radiante, está Patricia González, una de las referentes más jóvenes del barrio. Su cuerpo refleja años de lucha, de peleas a veces desiguales. Lleva un pullover de lana y unas calzas negras, y el barbijo debajo de su mentón. _¿Patricia ?_ le pregunto ni bien me acerco. Me reconoce, a pesar de los casi quince años que no piso la comunidad. Ella me sonríe y yo no sé si abrazarla o guardar los protocolos.
En el mismo instante, llega gente de la Secretaría de Salud de la Municipalidad de Berisso. Están allí para realizar una charla por el “Día Nacional para una Argentina sin Chagas”. Pasamos al SUM, que sólo era un proyecto cuando compartí junto a la comunidad, un locro inolvidable, en un 25 de mayo soleado. La charla es coordinada por la Doctora María Eugenia Zaiad, infectóloga a cargo del área de Planificación y Epidemiología y la directora Asociada de Región Sanitaria XI Graciela Matkovic.
En una breve entrevista, Patricia me cuenta que la mayoría de los adultos mayores de la comunidad, padecen dicha enfermedad, porque son provenientes de la Provincia de Santa Fe y que no llevan adelante ningún tratamiento, por falta de información. Uno de ellos, es su padre, Alejandro Navalquirí. De haberse tratado a tiempo, le dice la Doctora Faiad, podría haberse evitado el daño en su corazón, que hace que Alejandro tenga que ir seguido a hacerse ver en el Hospital de Berisso. Y por ello están allí, para que sepan que “hoy el chagas existe y existe, también, la posibilidad de tener un tratamiento”, dice Patricia.
De a poco van llegando vehículos, en los que vienen integrantes de las Unidades Sanitarias número 42 y 16 de la ciudad de Berisso. Allí se atienden la mayoría de los miembros de la comunidad, por lo cual vienen, no sólo para informarse sobre la problemática, sino también para ofrecerles a los asistentes la posibilidad de realizarse los análisis serológicos necesarios para determinar si padecen la enfermedad. “La enfermedad es silenciosa, sus síntomas bien pueden confundirse con otras dolencias”, explica la infectóloga, respondiendo a la inquietud de una de las participantes. Son varios los vecinos que se acercaron, y las preguntas van surgiendo a medida que la charla avanza. Hay muchos que han tenido la experiencia cercana con el Chagas. Ellos mismos, un familiar directo, un nieto que nació con el virus. De la Jornada también participan Alfredo Acuña, técnico del Área de Salud de la Dirección de Desarrollo de Comunidades Indígenas del Instituto Nacional de Asuntos, junto a la coordinadora del Programa Provincial de Salud y Pueblos Indígenas, Isabel Araujo Pincen y el asesor del equipo de salud Indígena, Sebastián Pincen, estos últimos miembros de la comunidad mapuche. “La salud es un proceso integral que tiene que ver con el territorio, estas comunidades que hoy están en el Gran La Plata, fueron expulsadas de sus territorios a causa de los desmontes, y defienden acá su cultura y su cosmovisión en la ciudad” explica Alfredo. Y es que, a pesar de vivir hace muchos años en la ciudad, la lucha de la comunidad por las tierras y por su identidad sigue firme. La valoración de su conocimiento ancestral en materia de salud, es uno de los eslabones de esa lucha. Este debe ser reconocido como complemento de la medicina hegemónica, plantea el referente del INADI.
Al finalizar el encuentro, los vecinos de la comunidad plantean cuales son las necesidades más urgentes, de cara a seguir organizando entre todos, las próximas jornadas.
Camino nuevamente hasta el asfalto, para tomar el colectivo. Junto a mí espera una de las vecinas del barrio Mocoví que participó de la charla. Lo llama a su esposo para que la alcance en el auto hasta el centro, cansada de esperar y, aunque apenas me conoce, me ofrece llevarme. Y así, confirmo que, a pesar de que el barrio cambió, el espíritu de esa comunidad que conocí hace quince años, sigue intacto.

 

 

 

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