La vanguardia latinoamericana, como movimiento receptor de la idea de autonomización de la esfera estética propia del movimiento europeo, buscaba encontrar su propia expresión, pese a estar determinada en el primer caso o con el temor de estarlo en el segundo, por la condición de dependencia cultural de la región y el medio físico y social en el que se movía; por tal motivo, se debatía entre el regionalismo y el cosmopolitismo.

Esta dicotomía, en la que se relacionan autonomización de la esfera estética y de la cultura de la región, se resuelve recurriendo al sustrato aborigen y el adstrato africano de la cultura latinoamericana que, vedados primero por el superestrato español y luego por la tendencia europeizante de románticos y modernistas, constituían una rica vena para ser explorada en búsqueda de una nueva expresión y comprensión de la realidad, de modo tal que la propia voz liberada del poeta o del intérprete sea también la voz liberada de una región sometida. Quienes siguen tal concepción, cultivan lo que Alfredo Bosi llama vanguardia enraizada (Bosi, 1990)

Para entender la relación que puede establecerse entre las “Nostalgias imperiales” y Trilce, nos sirve pensar en lo dicho por Mariátegui sobre Vallejo en “El proceso de la literatura” presentado en sus Siete ensayos sobre la realidad peruana, donde afirma que Vallejo es indigenista no necesariamente por voluntad, sino por disposición afectiva: “Valcárcel dice que la tristeza del indio no es sino nostalgia. Y bien, Vallejo es acendradamente nostálgico” (Mariátegui 2007:261). Pero como su evocación pasa por la subjetividad, no es un “pasadista”, su sentimiento termina excediendo la “nostalgia imperial” y la “Nostalgia de exilio, nostalgia de ausencia” (Mariátegui 2007:261) pasa a ser metafísica (esa es la nostalgia que mueve Los heraldos negros y Trilce), sin que ello implique dejar de referirse a los entornos social y natural del Perú, bastándonos por ejemplos las “Nostalgias imperiales” de Los heraldos negros y la nostalgia del “facundo ofertorio de choclos” en Trilce XXVIII.

Estas referencias no son tampoco el producto de una investigación, sino que surgen naturalmente de su experiencia: “Vallejo interpreta a la raza en un instante en que todas sus nostalgias punzadas por un dolor de tres siglos, se exacerban.” (Mariátegui 2007:262). De esa nostalgia se derivan un fatalismo y un pesimismo que pueden relacionarse con el misticismo de orientales y eslavos, pero que no se corresponden con los conceptos del idealismo alemán, sino con el sentimiento aborigen, porque se trata del sentimiento natural de un pueblo, que no es ni satánico ni decadente, sino piadoso y amoroso y nunca es egotista, como sí lo es el de los románticos, pues el poeta comparte el dolor humano (se caracteriza por su piedad y su amor que interpreta como intuición socialista), siente la tristeza de todos, incluso la de Dios (“Dios”, Los Heraldos Negros).

Es austero porque su objetivo es presentar la verdad afectiva y por eso sufre, tal y como lo expresa en la carta a Antenor Orrego, en la que afirma: “¡Dios sabe cuánto he sufrido para que el ritmo no traspasara esa libertad y cayera en libertinaje! ¡Dios sabe hasta qué bordes espeluznantes me he asomado, colmado de miedo, temeroso de que todo se vaya a morir a fondo para que mi pobre ánima viva!” (Mariátegui 2007:266).

Por la expresión de este sentimiento, que es la nostalgia propia del pueblo andino, dice Mariátegui que con Vallejo principia la poesía peruana, en tanto que indígena.

Y hay algo más que es interesante: con respecto a las referencias al cristianismo que hace Vallejo, nos parece que debe tenerse en mente el hecho de que, según Mariátegui (en el ensayo “El factor religioso”), la religión católica no llegó a calar hondo en el Perú, sino que se superpuso sobre el sustrato religioso incaico, recuperando sus cultores en los nuevos ritos, aquellos que se celebraban en el Tahuantinsuyo. Quizás por eso Vallejo pueda encontrar en las figuras propias del cristianismo un recurso para expresar los aspectos de la nostalgia de su pueblo, en especial la relación del 1 vallejiano con el Dios bíblico o la comparación entre el calvario y la existencia terrenal y la relación con el otro.

Todas estas no son más que reflexiones a modo de ensayo, cuyo fin no es otro que el de incentivar a que los lectores se vuelvan a la lectura de dos grandes peruanos: su poeta nacional (Vallejo) y el amauta Mariátegui, su pensador nacional-popular, y qué mejor principio que el “Idilio muerto” de Los heraldos negros, aquel que comienza…

 

“Qué estará haciendo esta hora mi andina y dulce Rita

de junco y capulí;

ahora que me asfixia Bizancio, y que dormita

la sangre, como flojo cognac, dentro de mí.”

Bibliografía

Bosi, A. (1990). A vanguarda enraizada: O marxismo vivo de Mariátegui. Estudos Avançados, 4, 50-61. https://doi.org/10.1590/S0103-40141990000100005

Mariátegui, J. C. (2007) [1928] 7 ensayos de interpretación de la realidad peruana. Fundación Biblioteca Ayacucho, Caracas.

Vallejo, C. (2008) [1918] Los heraldos Negros. Laberintos, Lima.

Vallejo, C. (2008) [1922] Trilce. Laberintos, Lima.

 

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