En un rincón del continente existía un extraño reino llamado Mate Amargo, donde los animales hablaban, discutían de política… y jamás llegaban a fin de mes.
El último día de mayo, mientras el viento barría las hojas secas de la plaza principal, todo el bosque estaba conmocionado.
Una pequeña liebrecita llamada Agostina había desaparecido de manera cruel en la provincia vecina de las Sierras Altas. El dolor fue tan profundo que incluso los animales más peleadores dejaron de discutir por unas horas. Hasta el loro opinólogo del bar permaneció callado.
—Hay cosas con las que no se juega —dijo el viejo búho del pueblo—. Cuando el dolor llega a una familia, el bosque entero debería acompañar.
Pero el silencio duró poco.
Porque en Mate Amargo siempre pasaban cosas.
Mientras los vecinos contaban monedas para comprar semillas y llenar la olla, el Ministro del Gran Granero anunciaba desde un escenario lleno de banderas:
—¡Hemos sacado a doce millones de animales de la pobreza!
Dos horas después apareció el León Presidente, despeinando la melena frente a las cámaras:
—¡No! ¡Fueron catorce millones!
Un conejo levantó la pata.
—Disculpen… si siguen así, en dos semanas sacan de la pobreza hasta a los dinosaurios.
El pueblo se miró confundido.
—¿Pero alguien vio a esos millones? —preguntó una gallina.
—No, pero deben ser invisibles —contestó un zorro mientras miraba su billetera vacía.
Mientras tanto, el León Presidente repetía una frase famosa:
—¡Antes de subir un impuesto me corto un brazo!
Pero al poco tiempo llegaron los enviados del temible dragón llamado Fondo Internacional del Bosque.
—Queremos más tributos —rugió el dragón—. Más presión para monotributistas, hormigas independientes y castores trabajadores.
El león tragó saliva.
Un mono del público preguntó:
—Che… ¿y el brazo?
—Bueno… metafóricamente hablando… —respondió el león escondiendo las patas.
En la Provincia del Sauce, el gobernador castor Axelito Constructor armaba su propia madriguera política.
—Necesitamos un Movimiento del Futuro —declaraba.
Pero desde la agrupación de los loros militantes gritaban:
—¡No, así no!
—¡Sí, así sí!
—¡No!
—¡Sí!
Y mientras ellos discutían liderazgos, los sapos del barrio seguían saltando charcos porque nadie arreglaba las calles.
En el pueblo de Berissolandia, las peleas eran todavía más pintorescas.
El concejal gallo radical gritaba cada mañana:
—¡Este gallinero está abandonado!
Los comerciantes castores, preocupados por la llegada de enormes supermercados del Reino del Dragón Chino, pedían ayuda.
—Nos fundimos —decían—. Pagamos impuestos, pero las calles parecen queso gruyere.
Un burro taxista, agotado, protestaba:
—Antes hacía veinte viajes por día. Ahora llevo más aire que pasajeros.
—Podrían cobrar tarifa por tristeza —le sugirió una oveja.
Hasta dentro del partido gobernante había pelea.
Un pingüino camporista señalaba:
—¡La ciudad está abandonada!
Y del otro lado, funcionarios respondían con videos para las redes sociales mientras la gente seguía haciendo cuentas para llegar a fin de mes.
Uno de ellos, un elegante vampiro del PAMI llamado Conde Swarula, filmó un video muy dramático:
—¡Miren estas obras sin terminar!
Pero un jubilado tortuga levantó la mano:
—Disculpe, Conde… ¿y los remedios que cada vez cuestan más?
El vampiro desapareció entre una nube de humo.
No todo era conflicto.
El joven concejal libertario, conocido como Donador de Sangre Cinematográfico, apareció en un video épico.
Música heroica.
Primer plano.
Brazo extendido.
Mirada al horizonte.
—Hoy dono sangre por el pueblo.
—¿Y mañana? —preguntó una vecina.
—Mañana grabo el reel del detrás de escena —contestó orgulloso.
Mientras tanto, un pequeño grupo de veintiocho animales se sacó una foto frente al viejo Cabildo del barrio.
—¡El León Presidente nos lleva a buen puerto! —gritaban felices.
Detrás de ellos, una fábrica cerraba.
Un almacén bajaba persianas.
Y un changuito del supermercado seguía más vacío que discurso en campaña.
Los vecinos observaban todo desde la vereda.
Los políticos discutían.
Los economistas explicaban.
Los influencers filmaban.
Los impuestos subían.
Las tarifas también.
Y la inflación, según el loro oficial, “era bajita”, aunque el kilo de pasto costaba cada vez más.
Entonces el viejo búho reunió a todos en la plaza y dijo:
—Mientras los animales poderosos discuten quién manda en el gallinero, el pueblo solo quiere algo muy simple: vivir tranquilo, trabajar, llegar a fin de mes y no tropezarse en un pozo cada vez que sale de casa.
Todos quedaron en silencio.
Hasta el loro.
Moraleja
Cuando los poderosos discuten relatos y se pelean por el corral, el pueblo no pregunta quién tiene razón: pregunta quién le arregla el camino, le llena la olla y deja de tomarlo por tonto.

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