Portada » La aldea del Valle de los Espejos
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En un lugar muy lejano, entre un río ancho y una llanura interminable, existía una pequeña comarca llamada Valle de los Espejos.

Era una tierra curiosa.

Allí, casi todos hablaban de política, aunque no todos tenían tiempo para hacerlo. Algunos discutían sobre elecciones, reelecciones, alianzas y candidaturas. Otros, en cambio, estaban demasiado ocupados haciendo cuentas para saber si llegarían a fin de mes.

En la plaza principal se reunían cada semana los animales más importantes de la comarca.

Entre ellos estaba el Gatito que se creía León.

Desde su enorme palacio, el pequeño felino caminaba con paso solemne, levantaba la cabeza y rugía todo lo fuerte que podía.

—¡Hay que cambiar las reglas del reino! —decía, convencido de que su rugido hacía temblar las montañas.

Sus ministros discutían sobre nuevas reglas, sobre quién podía comprar tierras, sobre cómo modificar las elecciones y sobre las grandes decisiones que, según ellos, cambiarían para siempre el destino de todos.

El Gatito caminaba de un lado al otro.

Rugía.

Volvía a rugir.

Y cuando alguien se atrevía a señalar que su rugido sonaba más fuerte que sus resultados, se acomodaba la melena que no tenía y respondía:

—¡Es que todavía no han aprendido a escucharme!

Mientras tanto, en un pequeño almacén de barrio, el Burro Almacenero hacía cuentas.

—¿Y si primero arreglamos el precio de la harina? —preguntaba.

Pero nadie parecía escucharlo.

En otro extremo del reino, el Zorro Provincial recorría pueblos y ciudades.

Visitaba hospitales, municipios y caminos.

Hablaba de obras detenidas y reclamaba al Gatito que terminara las rutas que habían quedado a medio construir.

—No se puede gobernar mirando solamente las urnas —decía el Zorro—. Hay caminos que necesitan asfalto, pueblos que necesitan respuestas y familias que necesitan llegar a fin de mes.

Pero mientras unos hablaban de las elecciones del futuro, los intendentes del presente hacían malabares para pagar sueldos y aguinaldos.

Y en el Valle de los Espejos, como en tantas otras aldeas, la vida seguía.

Llegaron las vacaciones de invierno y la Secretaría de Gobierno organizó cine, teatro, circo, magia y deportes para los más pequeños.

Los niños celebraron.

Las familias también.

Porque cuando el dinero escasea, una tarde de cine, una función de teatro o un espectáculo de circo pueden convertirse en un acontecimiento extraordinario.

—¡Al menos los chicos tienen dónde divertirse! —decían los padres.

Pero había un pequeño problema.

La Lechuza de Prensa, encargada de comunicar las actividades, decidió que bastaba con anunciar todo desde una rama de la gran plaza digital.

—Quien quiera enterarse, que venga hasta aquí —dijo.

—¿Y los que no vienen? —preguntó una ardilla.

—Que miren nuestras redes —respondió la Lechuza.

La ardilla miró alrededor.

—Pero mi vecino no tiene internet.

—Entonces que le pregunte a otro.

Y así, mientras las autoridades creían que todos los habitantes del Valle vivían conectados a la misma rama digital, miles de vecinos seguían sin enterarse de muchas de las actividades.

La comunicación, que debería haber sido un puente, se convirtió en una puerta cerrada.

Porque comunicar no es solamente publicar.

Comunicar también es asegurarse de que el mensaje llegue.

Pero los problemas no necesitaban redes sociales para hacerse visibles.

En los barrios más alejados, los vecinos conocían perfectamente el camino hacia sus problemas.

No hacía falta ningún mapa.

Los pozos estaban allí.

Las calles destruidas también.

Las arterias de tierra se convertían en barro después de cada lluvia.

Las paradas de colectivo seguían esperando una reparación.

Y cuando el cielo se oscurecía, algunos vecinos miraban las nubes con preocupación.

No por el pronóstico.

Sino por las calles.

Una mañana llegó al Valle un enorme camión de la empresa Telecentro.

Venía a colocar postes y cables.

El camión avanzó por una calle de tierra.

Avanzó.

Avanzó.

Y de pronto…

¡PLOP!

Quedó enterrado hasta las ruedas.

—¡Traigan otro camión! —gritó el conductor.

Llegó otro.

El segundo camión intentó rescatar al primero.

Avanzó.

Avanzó.

Y…

¡PLOP!

Quedó enterrado también.

Los vecinos observaron la escena en silencio.

Entonces una vieja tortuga, que pasaba lentamente por allí, se detuvo.

—Miren qué curioso —dijo—. El recolector a veces no puede entrar, pero los camiones de las empresas sí.

Nadie respondió.

La tortuga continuó:

—Tal vez el problema no sea solamente quién entra. Tal vez habría que preguntar quién controla, quién autoriza y quién repara cuando se rompe.

Los vecinos se miraron.

La pregunta quedó flotando en el aire.

Y mientras tanto, en otra parte de la comarca, la Liebre Libertaria intentaba organizar a su propia familia política.

Pero sus hermanos discutían entre ellos.

Uno quería correr hacia el norte.

Otro hacia el sur.

Una tercera liebre recorría los barrios por su cuenta.

Y el encargado de la madriguera, el Vagoneta Lagorio, aparecía en las fotografías diciendo:

—¡Estamos todos unidos!

Los fotógrafos sonrieron.

Las cámaras hicieron clic.

Una foto.

Otra foto.

Otra más.

Pero cuando se apagaron los flashes, las liebres volvieron a discutir.

Porque una fotografía puede mostrar muchas cosas.

Incluso una unidad que no existe.

Muy cerca de allí, en la Casa de la Cultura, había comenzado otra discusión.

La vieja directora, Doña Eva, se había jubilado.

Algunos preguntaron:

—¿Quién ocupará ahora su lugar?

La respuesta fue:

—Por ahora, nadie. Los trabajadores continuarán llevando adelante el área junto a sus responsables y representantes de la cultura.

La decisión podía gustar o no.

Podía discutirse.

Podía criticarse.

Pero la comarca tenía un problema mayor.

Había demasiados animales opinando sobre la administración del bosque sin haber preguntado primero cómo funcionaba el bosque.

Entre ellos apareció el Pavo Real Barragán.

—¡Todo está mal! —gritó, extendiendo sus enormes plumas.

Algunos animales oficialistas se acercaron rápidamente.

—¡Sí! ¡Hay que denunciarlo!

—¡Sí! ¡Hay que salir en los diarios!

—¡Sí! ¡Hay que hacer ruido!

Y así comenzó una pequeña tormenta mediática.

Pero la vieja tortuga, que había observado muchas disputas a lo largo de su larga vida, hizo una pregunta sencilla:

—¿Y qué dicen los trabajadores de la cultura?

Silencio.

—¿Y qué dicen los vecinos?

Más silencio.

—¿Y cuál es el proyecto concreto?

Silencio absoluto.

Entonces la tortuga miró al Pavo Real.

—Quizás antes de abrir las plumas convendría abrir los oídos.

El Pavo Real no respondió.

Había descubierto algo incómodo.

A veces, la exposición pública dura cinco minutos.

Pero las consecuencias de las palabras pueden durar muchos años.

Mientras tanto, en las casas del Valle de los Espejos, la verdadera discusión era otra.

No se hablaba de candidaturas.

No se hablaba de internas.

No se hablaba de fotografías.

Se hablaba de trabajo.

De alquiler.

De alimentos.

De impuestos.

De pequeños comercios que intentaban sobrevivir.

De empresas que cerraban.

De trabajadores que temían perder su empleo.

De familias que hacían cuentas.

Y de una economía donde producir parecía, para muchos, una carrera de obstáculos.

El Burro Almacenero, que había escuchado durante meses a todos los animales discutir sobre el futuro, finalmente decidió cerrar su negocio una noche.

Antes de bajar la persiana, miró hacia la plaza.

Allí estaban el Gatito que se creía León, el Zorro, las Liebres, el Pavo Real, la Lechuza y todos los demás.

Todos hablaban.

Todos tenían una opinión.

Todos tenían una estrategia.

Todos parecían saber qué hacer.

El Almacenero suspiró.

—Qué extraño —dijo—. Mientras ustedes discuten quién tendrá el poder mañana, nosotros estamos tratando de sobrevivir hoy.

La vieja Tortuga volvió a pasar por allí.

—Ese es el problema de esta comarca —respondió—. Hay demasiados espejos y muy pocas ventanas.

—¿Qué significa eso?

La Tortuga señaló la plaza.

—Que muchos miran su propio reflejo y creen estar viendo la realidad.

El Almacenero pensó un instante.

—¿Y qué habría que hacer?

La Tortuga señaló el camino.

Estaba lleno de pozos.

—Primero, arreglar el camino.

Después señaló la escuela.

—Cuidar la educación.

Miró el pequeño comercio.

—Proteger el trabajo.

Observó a los niños que jugaban en la plaza.

—Garantizar la cultura, el deporte y la recreación.

Y finalmente miró a todos los animales.

—Y recordar que gobernar no es solamente ganar elecciones. También es hacerse cargo de la vida cotidiana de quienes viven en la comarca.

Esa noche, el Gatito que se creía León siguió rugiendo sobre sus reformas.

El Zorro siguió pensando en las próximas elecciones.

Las Liebres siguieron discutiendo.

El Pavo Real siguió mostrando sus plumas.

La Lechuza siguió publicando en su rama digital.

Y los vecinos…

Los vecinos siguieron esquivando los pozos.

Porque en el Valle de los Espejos, como en tantas aldeas, la política puede cambiar de discurso, de partido y de candidato.

Pero hay algo que nunca cambia:

la realidad siempre termina golpeando la puerta.

Y cuando llega ese momento, ya no alcanza con una fotografía.

Ni con una publicación.

Ni con una promesa.

Ni con una pelea.

Porque la realidad no vota.

La realidad espera.

Y tarde o temprano, pasa la cuenta.

Moraleja

Quien gobierna mirando solamente el poder termina olvidando al pueblo.

Quien comunica solamente lo que quiere mostrar termina dejando de escuchar.

Y quien dedica más tiempo a discutir quién tiene razón que a resolver los problemas puede terminar descubriendo demasiado tarde que los pozos de la calle eran mucho más profundos que las internas de la política.

Porque, al final de cuentas, en el Valle de los Espejos todos pueden mirarse.

Pero solamente quienes se atreven a mirar por la ventana pueden ver lo que realmente está pasando afuera.

Y así fue como, una mañana, los habitantes de la comarca comprendieron una verdad que parecía sencilla, pero que muchos habían olvidado:

un buen gobernante no es el que más fuerte ruge, ni el que más aparece en las fotografías, ni el que más habla de las elecciones que vienen.

Es aquel que, cuando escucha que alguien golpea la puerta, tiene el valor de abrirla.

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