Había una vez un pequeño gallinero junto al río, llamado Berisópolis, donde vivían gallinas trabajadoras, algunos gansos desconfiados, perros cansados y ovejas que apenas llegaban a juntar granos para el invierno.
El gallinero tenía una vieja costumbre: cuando el Granero Comunal necesitaba más maíz para arreglar cercos, encender faroles o reparar caminos embarrados, se reunía un Consejo de Grandes Contribuyentes, un grupo de animales elegidos para decidir cuánto esfuerzo extra debían hacer todos.
La ley del lugar era clara y antigua: quienes formaran ese consejo debían mirar por el bien de todas las plumas, sin intereses propios, para que nadie abusara del sacrificio ajeno.
—El consejo debe ser un freno —decían los ancianos búhos—. Un escudo para evitar que los poderosos vacíen demasiado rápido los comederos.
Pero un año extraño llegó a Berisópolis.
El gran Zorro del Palacio, rodeado de sus consejeros, decidió renovar el Consejo de Grandes Contribuyentes. Y, para sorpresa de muchos, comenzaron a aparecer nombres conocidos.
No eran gallinas comunes ni viejos guardianes del corral.
Eran zorros comerciantes.
Eran comadrejas constructoras.
Eran hurones repartidores de bolsas.
Todos animales que, casualmente, recibían grandes encargos del Palacio: arreglar cercos, traer semillas, pintar molinos o custodiar depósitos.
—¿No es raro esto? —preguntó una gallina vieja, de plumas gastadas—. ¿Cómo decidirán cuánto debemos pagar si ellos viven justamente del maíz del granero?
Un perro flaco respondió sin levantar la vista:
—Es como poner al zorro a contar las gallinas… y esperar que no tenga hambre.
Los búhos opositores alzaron sus alas.
—¡Esto contradice el espíritu de nuestras reglas! —gritaron desde una rama seca—. Quien depende del Palacio no puede decidir cuánto deben entregar los demás al Palacio. Revisemos primero quiénes tienen negocios con el granero.
Pidieron tiempo. Pidieron revisar pergaminos. Pidieron mirar contratos escondidos entre alpacas de papel.
Pero el grupo del Zorro Mayor se apresuró.
—No hay tiempo —dijeron—. Todo está dentro de las normas. Además, ustedes tardaron demasiado.
Y mientras hablaban, agitaban viejos pergaminos legales como si fueran hojas mágicas capaces de volver invisible cualquier contradicción.
En el fondo, todos sabían algo que nadie decía en voz alta: hacía falta un voto especial.
Un animal errante, famoso por cambiar de sendero según soplara el viento, terminó inclinando la balanza.
Y así, por una diferencia apenas mayor al grosor de una pluma, el nuevo consejo quedó aprobado.
Las gallinas miraron en silencio.
Porque entendieron algo inquietante.
Desde ese día, quienes decidirían cuánto maíz debían entregar no serían guardianes del gallinero, sino muchos de los mismos animales que luego harían fila frente a la tesorería del Palacio para cobrar sacos enteros de grano.
Y entonces, el viejo búho del campanario dijo una frase que quedó resonando durante años:
—Cuando el zorro no solo entra al gallinero, sino que además escribe las reglas para cuidarlo, las gallinas ya no están gobernadas… están a merced.
Moraleja:
Cuando quienes viven del tesoro común son también quienes deciden cuánto debe aportar el pueblo, la vigilancia deja de ser cuidado y se convierte en teatro.
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