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En un pueblo donde las reuniones duraban más que las promesas y los expedientes viajaban más lento que una tortuga con sueño, funcionaba el célebre Consejo de los Bancos Crujientes.

Allí vivía un personaje muy particular: el Zorro del Reglamento.
Era famoso por hablar de normas, exigir protocolos y aparecer siempre donde nadie lo quería ver. Algunos lo consideraban necesario; otros, insoportable. Había quienes juraban que era más molesto que una piedra en el zapato y más escurridizo que una anguila en aceite.
“Ese zorro siempre anda metiendo la cola donde no debe”, murmuraban en la plaza.

Pero el zorro tenía una costumbre peligrosa: disfrutaba demasiado de provocar a los demás mientras sonreía como si nada.

Del otro lado estaba el Toro Guardián del Portón, un animal enorme, de voz atronadora y paciencia vencida hacía varios inviernos. Los carreteros del pueblo lo criticaban día y noche por cómo vigilaba los caminos, y el toro sentía que todos lo señalaban con el dedo… especialmente el zorro.

Un miércoles gris, durante una reunión secreta sobre cómo ordenar las carretas amarillas del pueblo, aparecieron carreteros, curiosos, empleados y hasta un loro periodista que repetía todo lo que escuchaba.

El Toro quiso entrar acompañado de su tropa.
El Zorro levantó una pata y dijo:

—Reglamento es reglamento. Aquí no entra cualquiera.

Y ahí pasó lo inevitable.

El Toro, que venía tragando bronca desde hacía meses, explotó como olla olvidada al fuego.

—¡A vos te voy a cruzar en el camino! —bramó—. ¡Hace rato me andás pinchando los cuernos!

Los animales del consejo quedaron mudos.
Una gallina concejal casi se desmaya arriba de un expediente.
Los ratones administrativos se escondieron atrás de una fotocopiadora.
Y afuera, los carreteros pegaban la oreja a la puerta como si escucharan una radionovela.

Claro que nadie quería golpes. El pueblo ya tenía suficientes problemas como para sumar un campeonato de cornadas institucionales. Pero muchos, aunque no lo dijeran en voz alta, pensaron lo mismo:

“Y… la verdad… el zorro venía buscando que alguien le gruñera.”

Porque el zorro tenía esa habilidad extraordinaria de arrojar piedritas al avispero y después preguntar sorprendido por qué salían las avispas.

Al final, el Toro se retiró resoplando humo por la nariz, mientras el Consejo entero quedaba temblando como flan sobre carreta.

Y desde entonces, en el pueblo quedó una enseñanza escrita en la pared de la vieja estación:

“Quien juega todos los días con el enojo ajeno, tarde o temprano encuentra un toro sin paciencia.”

Aunque los más viejos prefieren resumirlo de otro modo:

“Tanto va el cántaro a la fuente… que un día vuelve abollado.”

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