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En un reino húmedo y bastante embarrado llamado Berissolandia, existía un edificio muy querido: el Palacio de los Pinceles Sensibles, donde zorros artistas, liebres pintoras y tortugas poetas aprendían a dibujar soles aunque el cielo estuviera gris.

Pero un invierno llegó el desastre.

El techo empezó a gotear.

Primero fue una gotita.

Después dos.

Luego parecía que adentro del edificio estaban ensayando para una obra llamada “Titanic versión acuarela”.

Los alumnos ya pintaban con paraguas.

—Esto no puede seguir así —dijo la directora del palacio mientras una paloma le aterrizaba en el balde de las filtraciones—. Hay que arreglar el techo.

Entonces apareció el Consejo del Reino.

Un grupo de animales muy ocupados, especializados en hablar muchísimo sin decir demasiado.

El Gran Castor Administrador golpeó la mesa.

—¡Haremos una gran obra pública! —anunció—. Una inversión de muchísimas semillas de oro.

Todos aplaudieron.

O casi todos.

Porque el viejo Búho del campanario, que desconfiaba hasta del clima, levantó una ceja.

—¿Y quién hará la obra?

—La prestigiosa Cooperativa “Los Tolditos del Progreso” —respondieron.

El búho acomodó los lentes.

—¿Los Tolditos? ¿No es la misma cooperativa que dirige… o dirigía… o conoce demasiado bien… el Zorro del Corralón?

Silencio.

El salón quedó tan callado que se escuchó a un mosquito pedir permiso para pasar.

El Zorro, elegante y sonriente, carraspeó.

—Bueno… técnicamente yo estaba antes… ahora no… aunque sí… pero no… pero quizás un poco… aunque espiritualmente seguimos siendo familia laboral.

—Ajá —dijo el búho—. O sea, usted no cocina la sopa, pero todavía tiene la cuchara en el bolsillo.

Algunos se rieron.

Otros miraron el techo.

Otros fingieron revisar papeles muy importantes que parecían completamente en blanco.

Pero el asunto no terminaba ahí.

La cooperativa tenía historia.

Había trabajado para el antiguo Rey del Cambio, y el actual Rey de la Transparencia —cuando aún era príncipe opositor— solía decir:

—¡Esto está mal! ¡Hay que terminar con estas cosas!

Decía tantas veces “esto está mal” que algunos loros del reino lo repetían en las plazas.

Pero ocurrió el viejo milagro de la política tropical: la memoria selectiva.

Una enfermedad rarísima.

Cuando uno está afuera del poder, recuerda todo.

Cuando entra, le agarra amnesia administrativa.

Y así fue.

Los mismos Tolditos siguieron floreciendo como yuyos después de la lluvia.

—Bueno… tampoco estaban tan mal —empezaron a decir algunos.

—Quizás antes estaban mal, pero ahora están bien mal administrados… digo, bien administrados.

Mientras tanto, los obreros del reino murmuraban.

Muchos habían trabajado por monedas.

Otros fueron despedidos después de promesas enormes.

Algunos juraban haber terminado haciendo tareas extrañas:

—Yo pensé que iba a arreglar zanjas —decía un burro albañil— y terminé repartiendo volantes políticos vestido de pingüino.

—Yo iba a podar árboles —decía otro— y terminé sacando selfies para actos partidarios.

El Búho seguía observando.

Porque además aparecían misteriosas camionetas sin nombre.

Vehículos fantasma.

Iban.

Venían.

Nadie sabía de dónde salían.

Parecían taxis secretos del poder.

—¿De quién son? —preguntaban.

—No sabemos —respondían.

—¿Y quién las usa?

—Eso tampoco.

—¿Y por qué no tienen identificación?

—Porque… eh… estética institucional.

La palabra “transparencia” empezó a sonar rara.

Como un vidrio empañado.

O como cuando alguien dice:

—No hay nada que ocultar…

…pero apaga la luz justo cuando uno entra.

Finalmente, el Búho reunió a todos en la plaza.

No gritó.

No insultó.

No acusó.

Solo contó una pequeña verdad.

—Cuando el que controla conoce demasiado al controlado… cuando el dinero público viaja siempre por los mismos caminos… cuando los trabajadores son descartables… y cuando hacer preguntas molesta más que las goteras… el problema ya no es el techo.

Todos quedaron callados.

—¿Entonces cuál es el problema? —preguntó una tortuga artista.

El Búho miró hacia arriba.

El techo seguía perdiendo agua.

—El problema —dijo— es cuando el reino se acostumbra a vivir con baldes.

Moraleja

Un pueblo deja de sorprenderse por la lluvia de adentro cuando hace demasiado tiempo que nadie revisa el techo del poder.

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