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Cada 17 de junio, cuando la Argentina recuerda al General Martín Miguel de Güemes, no solo homenajeamos a uno de los protagonistas de nuestra independencia. También tenemos la oportunidad de reflexionar sobre una dimensión muchas veces olvidada de nuestra historia: el papel decisivo que tuvo el interior del país en la construcción de la Nación.

Durante décadas, los relatos históricos se concentraron en Buenos Aires, en sus instituciones y en sus protagonistas. Sin embargo, la independencia argentina fue una empresa colectiva, sostenida por hombres y mujeres de distintas regiones que enfrentaron enormes sacrificios para defender una idea común de libertad.

En ese escenario, Güemes ocupa un lugar singular. Mientras los grandes acontecimientos políticos ocurrían lejos de Salta, él organizó una resistencia popular que impidió el avance de los ejércitos realistas sobre las Provincias Unidas. No contaba con grandes recursos ni con ejércitos profesionales. Su fuerza provenía de los gauchos, los pequeños productores, los arrieros, los trabajadores rurales y las familias que conocían cada sendero, cada quebrada y cada rincón del norte argentino.

La llamada Guerra Gaucha fue mucho más que una estrategia militar. Fue una demostración de que la defensa de la patria podía surgir desde las periferias, desde aquellos territorios que muchas veces quedaban fuera de las decisiones políticas, pero que resultaban esenciales para sostener la soberanía.

La historia suele recordar los grandes cruces de montañas, las batallas decisivas y los actos de gobierno. Pero pocas veces se detiene a pensar que mientras José de San Martín preparaba su campaña libertadora hacia Chile y Perú, miles de hombres anónimos combatían en el norte para impedir que las tropas españolas avanzaran nuevamente sobre el territorio argentino. Güemes fue quien coordinó y condujo esa resistencia.

Su figura también interpela debates que siguen presentes en la Argentina contemporánea. La tensión entre el centro y las provincias, entre los recursos concentrados y las necesidades del interior, entre las decisiones tomadas desde los grandes centros urbanos y las realidades de los territorios más alejados, forma parte de una discusión histórica que atraviesa más de dos siglos.

Recordar a Güemes es recordar que la Argentina no se construyó únicamente desde los puertos, las capitales o los centros de poder. Se construyó también desde los caminos de tierra, desde las fronteras amenazadas, desde los pueblos pequeños y desde las comunidades que aportaron trabajo, recursos y vidas para sostener el proyecto colectivo de una nación independiente.

Tal vez por eso la figura de Güemes conserva una vigencia especial. Representa a una Argentina federal, diversa y profunda; una Argentina que no siempre ocupa los titulares, pero que ha sido fundamental en cada etapa de nuestra historia.

En tiempos donde las discusiones sobre el desarrollo territorial, las economías regionales y el federalismo vuelven a ocupar un lugar central, la memoria de Güemes nos invita a mirar más allá de los centros de poder y a reconocer el aporte de quienes, desde cada rincón del país, continúan construyendo la Argentina todos los días.

Porque la independencia no fue solamente una gesta militar. Fue también una obra colectiva, federal y profundamente popular. Y en esa historia, Martín Miguel de Güemes sigue siendo uno de sus símbolos más poderosos.

La fecha recuerda el Paso a la Inmortalidad del General Martín Miguel de Güemes, es decir, su fallecimiento el 17 de junio de 1821, diez días después de haber sido herido por una partida realista en la ciudad de Salta.

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