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Por Cristian D. Adriani

El terrorismo de Estado que gobernó Argentina entre 1976 y 1983 no sólo persiguió personas. También persiguió ideas, palabras, melodías, películas, libros y símbolos.

La censura cultural no fue un efecto secundario del Proceso de Reorganización Nacional. Fue una política de Estado.

La Junta Militar comprendía algo que muchos gobiernos democráticos olvidan: la cultura moldea la forma en que una sociedad piensa. Por eso el control de la cultura era tan importante como el control de las calles.

El verdadero objetivo no era prohibir canciones

Cuando se estudian las listas negras de la dictadura suele cometerse un error: creer que el objetivo era prohibir determinadas obras.

No.

El objetivo era disciplinar a toda la sociedad.

La prohibición de una canción tenía un efecto mucho más amplio que el silencio de esa obra. Funcionaba como advertencia para todos los artistas.

Cada músico entendía inmediatamente el mensaje:

“Esto es lo que ocurre cuando se cruza el límite.”

La censura generaba algo mucho más eficaz que la prohibición: la autocensura.

Muchos artistas dejaron de escribir determinados temas. Otros modificaron letras. Algunos emigraron. Otros directamente abandonaron proyectos enteros.

La dictadura no necesitaba revisar cada canción si conseguía que los propios músicos comenzaran a vigilarse a sí mismos.

La batalla por la juventud

Los militares consideraban que la juventud era un territorio en disputa.

El rock nacional, el folklore comprometido, el teatro independiente y el cine crítico eran vistos como espacios donde podían desarrollarse ideas consideradas “subversivas”.

Por eso artistas como Mercedes Sosa, Horacio Guarany, Alfredo Zitarrosa, César Isella, León Gieco o Nacha Guevara fueron perseguidos, censurados o empujados al exilio.

Lo paradójico es que muchos de esos artistas hoy forman parte del patrimonio cultural argentino.

Aquello que la dictadura consideraba peligroso hoy se estudia en escuelas y universidades.

El arte aprendió a hablar en clave

La censura produjo un fenómeno extraordinario.

Los artistas comenzaron a desarrollar lenguajes indirectos.

Las metáforas reemplazaron a las denuncias explícitas.

Las alusiones sustituyeron a las declaraciones abiertas.

Los silencios adquirieron significado.

Charly García, Spinetta, León Gieco y muchos otros aprendieron a escribir de manera que el público entendiera perfectamente el mensaje mientras los censores no siempre lograban detectarlo.

Se desarrolló una verdadera poética de la supervivencia.

La cultura argentina se volvió más sofisticada porque tuvo que aprender a esconderse.

Las canciones que asustaban al poder

Entre las obras censuradas o restringidas aparecían canciones que hoy resultan difíciles de imaginar como amenazas al orden institucional.

“Botas Locas”, de Sui Generis.

“Me gusta ese tajo”, de Pescado Rabioso.

“Tema de los mosquitos”, de León Gieco.

“Ayer Nomás”, de Moris.

“Viernes 3 AM”, de Serú Girán.

Y cientos de temas más.

Lo interesante es que muchas veces no eran prohibidas únicamente por razones políticas.

La censura mezclaba moral conservadora, autoritarismo político y control social.

Una canción podía ser considerada peligrosa por hablar de libertad, sexualidad, rebeldía o simplemente por cuestionar valores tradicionales.

El cine también fue un campo de batalla

Las películas sufrieron mecanismos similares.

Se prohibieron exhibiciones.

Se eliminaron escenas.

Se retrasaron estrenos.

Se persiguió a realizadores.

La censura cinematográfica buscaba impedir que el público accediera a visiones alternativas de la realidad.

Una película podía mostrar pobreza.

Otra podía cuestionar a las instituciones.

Otra podía simplemente plantear preguntas incómodas.

Y eso bastaba para transformarla en sospechosa.

La contradicción de la censura

Toda censura encierra una contradicción.

Si una canción es verdaderamente irrelevante, no hace falta prohibirla.

Cuando un gobierno decide perseguir una obra artística está reconociendo, aunque no lo admita, que esa obra posee poder.

La dictadura convirtió a muchos músicos en símbolos precisamente porque intentó silenciarlos.

Al prohibirlos, los hizo más importantes.

Al intentar borrarlos, los volvió memorables.

¿Puede existir censura en democracia?

La respuesta es sí, aunque de formas diferentes.

Las democracias no suelen utilizar listas negras oficiales como las del Proceso Militar.

Sin embargo, existen otras formas de silenciamiento:

  • Concentración mediática.
  • Cancelaciones sociales.
  • Presiones económicas.
  • Persecuciones judiciales.
  • Restricciones indirectas al acceso a la cultura.

La diferencia fundamental es que en democracia estas prácticas pueden discutirse públicamente, cuestionarse y revisarse.

En una dictadura, en cambio, la discusión misma está prohibida.

Una lección que sigue vigente

La historia cultural de la última dictadura argentina demuestra algo fundamental.

Los gobiernos pueden controlar radios.

Pueden cerrar medios.

Pueden prohibir películas.

Pueden secuestrar libros.

Pero les resulta mucho más difícil controlar las ideas.

Las canciones prohibidas sobrevivieron.

Los artistas perseguidos regresaron.

Las películas censuradas volvieron a exhibirse.

Y los nombres de muchos censores quedaron olvidados mientras las obras que intentaron destruir continúan siendo escuchadas.

Quizás esa sea la derrota más profunda de toda censura.

La cultura siempre encuentra la manera de volver.

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