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¿Cómo es posible que Francisco de Quevedo, la pluma más afilada y brillante del Siglo de Oro, se atreviera a canonizar el esfínter en un tratado de erudición escatológica? Lo que para el lector pacato podría parecer una simpleza vulgar, es en realidad una disección quirúrgica de la hipocresía social. Quevedo no escribe por chiste; escribe para humillar nuestra vanidad. Al dedicar su ingenio a las “gracias y desgracias” de la anatomía trasera, el maestro del conceptismo utiliza el humor como un escalpelo de plata para demostrarnos que, en la jerarquía de los sentidos, el órgano que más escondemos es, paradójicamente, el más noble, honesto y geométricamente perfecto de nuestra fisonomía.
1. La perfección geométrica: El “Zenit” de la anatomía humana
Para Quevedo, la Naturaleza no improvisó en la parte baja del torso; al contrario, allí desplegó su mayor maestría matemática. El autor eleva este órgano a una categoría celestial, argumentando que su forma circular emula la perfección de la esfera. No se trata solo de redondez, sino de una correspondencia astronómica: Quevedo sostiene que el “ojo del culo” está dividido por un diámetro que funciona como su propio zodiaco, situándolo en el centro del cuerpo como el Sol en el firmamento.
Mientras los ojos de la cara son planos, “llanos” y carentes de primor arquitectónico, el trasero es una obra de ingeniería barroca colmada de “pliegues, molduras, repulgo y dobladillos”. Es, en esencia, un diseño sagrado que no necesita de “niñas” ni adornos para imponer su autoridad:
“El no tener más de un ojo es falta de amor poderoso, fuera de que el ojo del culo por su mucha gravedad y autoridad no consiente niña; y bien mirado es más de ver que los ojos de la cara, que aunque no es tan claro tiene más hechura… se parece a los cíclopes, que tenían un solo ojo y descendían de los dioses del ver.”
2. La “Vecindad” y la superioridad moral: Donde no entra el pecado
Uno de los argumentos más audaces de Quevedo radica en la ética de la vecindad. Aplicando el refrán “dime con quién andas y te diré quién eres”, el autor humilla a los ojos faciales por sus compañías: ellos son vecinos de los piojos, la caspa de la cabeza y la cera de los oídos. En cambio, el “serenísimo ojo del culo” goza de una vecindad mucho más distinguida y vital, conviviendo con los miembros genitales.
Más allá de sus vecinos, su integridad moral es intachable. Quevedo define a los ojos de la cara como las “ventanas del alma” por donde bebemos el veneno de los vicios: la ira, el adulterio, el robo y la envidia. Por la mirada se declaran guerras y se firman calumnias; sin embargo, el autor pregunta con desparpajo: “¿Cuándo por el pacífico y virtuoso ojo del culo hubo escándalo en el mundo?”. Es el único órgano que no busca la perdición ajena, manteniéndose en una paz inquebrantable mientras la cara se deshace en engaños.
3. Necesidad vs. Vanidad: El mártir protegido por murallas
La fragilidad de la vista es, para Quevedo, una prueba de su inferioridad. Los ojos de la cara son una “caballeriza” para cualquier paja, se enturbian con el polvo y se ciegan con un relámpago. Por el contrario, el órgano excretor es tratado por la Naturaleza como un tesoro: vive “pringado entre dos murallas de nalgas”, amortajado en camisas y resguardado bajo gregüescos y capas. Es el destinatario del ruego popular: «Bésame donde no me da el sol».
Biológicamente, Quevedo nos arroja una verdad que aplasta cualquier pretensión estética: se puede vivir en la oscuridad de la ceguera, pero es físicamente imposible la existencia sin la función de este órgano. Para validar esta jerarquía de necesidad sobre vanidad, el autor recurre a la sabiduría del pueblo:
“Pues decir que no es miembro que da gusto a las gentes, pregúnteselo a uno que con gana desbucha, que él dirá lo que el común proverbio, que, para encarecer que quería a uno sobremanera, dijo: «Más te quiero que a una buena gana de cagar».”
4. La nobleza del “Palomino” y el Caballero Don Pedo
Quevedo lleva su sátira a un nivel de hidalguía médica al defender al “caballero don Pedo”. No solo recuerda que el emperador Claudio César promulgó un edicto permitiendo su liberación en la mesa por salud, sino que lo eleva a prueba de amor y amistad verdadera: “los señores no cagan ni se peen sino delante de los de casa”.
Pero el golpe de gracia intelectual lo da al comparar los residuos de los sentidos. Mientras los ojos producen “legañas”, las narices “mocos” y la boca “gargajos” (sustancias viles y despreciadas), lo que el culo deja en la camisa recibe el nombre de palomino, que es —según Quevedo— el nombre de un “ave muy regalada”. Esta transformación de lo escatológico en algo con nombre de manjar es la cumbre de su lógica barroca: hasta en sus restos, el trasero reclama una aristocracia que la cara jamás podrá emular.
5. El mártir de la anatomía: Las injustas “desgracias”
El cierre del tratado es una denuncia de la injusticia sistémica que sufre este órgano. Quevedo lo presenta como un mártir que paga por los pecados de los demás miembros. Es el “mata-hambre” de la responsabilidad ajena:
- Si la memoria de un niño es “vil” y olvida la lección, es el culo quien recibe los azotes del ayo.
- Si el gusto se excede en la glotonería, es el culo quien sufre los “puros jeringazos” (enemas) de la medicina.
- Incluso los errores del médico —”los descuidos del poco prevenido médico”— los paga el inocente trasero siendo martirizado por “sanguijuelas que lo sajan vivo”.
Es el órgano que más sirve, el que más calla y, sin embargo, el que más castigos injustos recibe por los desmanes de la boca y el estómago.
Conclusión: La estocada final a la pretensión
El ejercicio de Quevedo no es una oda a la suciedad, sino un espejo de nuestra ingratitud. Nos obliga a admitir que despreciamos lo esencial mientras adoramos lo decorativo. Al final, este ensayo nos deja una pregunta punzante que atraviesa los siglos: ¿Qué clase de sociedad somos, que preferimos la falsedad de una cara que miente, roba y envidia, antes que la honestidad de un órgano que solo busca liberarnos y darnos salud?
Antes de juzgar este texto por “sucio”, limpie con él sus prejuicios. Quizás descubra que su rostro es más engañoso y está más manchado de vicios que el “serenísimo” ojo que intenta ocultar. ¿Está usted realmente listo para aceptar que su nobleza depende más de sus funciones vitales que de su máscara social?
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