Hay una imagen que resume mejor que cualquier discurso la psicología del nuevo oficialismo argentino: un hombre acostado sobre sábanas de algodón egipcio de 600 hilos por pulgada, disfrutando menos de su suavidad que de lo que ellas representan.
No se trata del descanso. Tampoco del confort.
Se trata de la confirmación.
Cada noche, cuando Manuel Adorni apoya la cabeza sobre una almohada rodeada de textiles que hace algunos años estaban fuera de su horizonte cotidiano, no es el cuerpo el que experimenta placer. Es la biografía.
El goce no proviene de la calidad de la tela sino de la distancia recorrida para llegar hasta ella.
La escena puede parecer trivial. Después de todo, cada persona es libre de gastar su dinero como quiera. Pero el fenómeno resulta interesante cuando deja de ser una elección privada para convertirse en una declaración cultural y política.
Porque detrás de las sábanas no hay solamente una compra. Hay una narrativa.
El consumo como demostración
A fines del siglo XIX, el economista y sociólogo estadounidense Thorstein Veblen desarrolló una idea que se volvió clásica: el consumo conspicuo.
En su obra La teoría de la clase ociosa, Veblen sostenía que muchos bienes son adquiridos no por su utilidad sino por su capacidad para comunicar estatus.
La joya, el automóvil de lujo o la mansión no satisfacen únicamente una necesidad práctica. Funcionan como señales. Son mensajes dirigidos a los demás.
Lo importante no es poseer algo. Lo importante es que otros sepan que se lo posee.
Sin embargo, Veblen imaginaba un mundo donde la exhibición requería espectadores.
Las sábanas de algodón egipcio introducen una variante curiosa: la ostentación sin público.
El lujo ya no necesita ser mostrado porque ha sido interiorizado.
El consumidor se convierte simultáneamente en actor y espectador de su propia representación.
La mirada de Bourdieu
Décadas después, el sociólogo francés Pierre Bourdieu profundizó esta cuestión en La Distinción.
Para Bourdieu, las preferencias culturales no son inocentes. Los gustos funcionan como marcadores sociales.
Lo que comemos, lo que escuchamos, cómo hablamos, dónde vacacionamos o qué compramos contribuye a ubicarnos dentro de una determinada jerarquía simbólica.
No se trata solamente de riqueza económica.
Existe también un capital cultural que permite reconocer y consumir determinados bienes considerados prestigiosos.
En ese sentido, el algodón egipcio de 600 hilos no es simplemente algodón.
Es una contraseña.
Un objeto cuya función principal consiste en comunicar pertenencia a un universo social determinado.
O al menos la aspiración de pertenecer.
El recién llegado
Quizás allí reside el aspecto más interesante del fenómeno.
Las viejas élites suelen relacionarse con el privilegio de manera natural. No necesitan demostrarlo porque nacieron dentro de él.
Quienes llegan más tarde, en cambio, suelen sentir la necesidad permanente de validarlo.
El sociólogo alemán Norbert Elias describía algo similar cuando analizaba las tensiones entre los grupos establecidos y los recién llegados.
Los establecidos poseen seguridad simbólica.
Los recién llegados necesitan demostrar constantemente que merecen ocupar ese lugar.
Por eso muchas veces la ostentación resulta más intensa en quienes ascienden que en quienes siempre estuvieron arriba.
No porque sean peores.
Sino porque todavía cargan con la memoria del punto de partida.
La Argentina como escenario
La Argentina siempre tuvo una relación peculiar con la movilidad social.
Durante gran parte del siglo XX se consolidó la idea de una amplia clase media cuyos integrantes aspiraban a mejorar sus condiciones materiales sin renegar necesariamente de sus orígenes.
Hoy parece emerger otra lógica.
El ascenso ya no se presenta como una mejora colectiva sino como una ruptura identitaria.
Ya no alcanza con progresar.
Hay que diferenciarse.
Hay que demostrar que se pertenece a otro mundo.
Por eso ciertos consumos adquieren una carga simbólica desproporcionada.
No son simples bienes.
Son certificados de pertenencia.
El miedo a volver atrás
Quizás el verdadero protagonista de esta historia no sea el lujo.
Sea el temor.
Porque detrás de muchas demostraciones de estatus suele esconderse una ansiedad silenciosa.
La posibilidad de regresar al lugar del que se vino.
Las sábanas, los hoteles exclusivos, los restaurantes caros o las marcas premium funcionan entonces como pequeños rituales de reafirmación.
Objetos que recuerdan diariamente que el ascenso ocurrió.
Y que, al menos por ahora, sigue siendo real.
Tal vez por eso la imagen de Adorni acostado sobre algodón egipcio resulta tan elocuente.
No porque revele riqueza.
Sino porque revela necesidad.
La necesidad permanente de confirmar una identidad conquistada.
De convencerse cada noche de que el ambo de poliéster quedó definitivamente atrás.
Y de que los 600 hilos por pulgada no son una tela.
Son una frontera.
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