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Hay lugares que desaparecen físicamente pero siguen existiendo en la memoria de una ciudad.

Metrópolis fue uno de ellos.

Para miles de jóvenes de La Plata, Berisso y Ensenada, aquel boliche de la calle 47 y diagonal 74 fue mucho más que una discoteca. Fue un punto de encuentro, una referencia cultural, un escenario donde se mezclaban la música, la moda, los amores de juventud y la sensación de que todo era posible.

Su historia comenzó con un sueño tan ambicioso como improbable.

A principios de los años ochenta, el empresario platense Gustavo Morchón regresó de Nueva York impactado por la experiencia de Studio 54, la legendaria discoteca donde convivían artistas, músicos, modelos y celebridades de todo el mundo. Aquella noche vio de cerca un universo reservado para unos pocos y decidió intentar algo parecido en La Plata.

El primer proyecto se llamó Platino.

La apuesta era enorme. El diseño fue encargado al prestigioso escenógrafo Mario Vanarelli, considerado uno de los más importantes de América Latina. La decoración incluía estructuras y detalles de lujo poco habituales para la época. Sin embargo, la ciudad todavía no estaba preparada para una propuesta de esas características.

La Plata no era Nueva York.

No existía una farándula local capaz de sostener un boliche VIP, ni una elite numerosa dispuesta a pagar precios exclusivos. El experimento duró poco y obligó a replantear la idea original.

Entonces nació Metrópolis.

Más popular, más accesible y mucho más conectado con la juventud platense.

Según recuerdan quienes participaron de aquella aventura, el nombre fue propuesto por Pablo Balat, uno de los DJs más influyentes que tuvo la ciudad. Su aporte no se limitó a elegir una denominación. Balat formó parte de una generación pionera que ayudó a construir la identidad de la noche platense cuando los disc-jockeys comenzaban a convertirse en verdaderos referentes culturales.

Con el nuevo nombre también llegó una estrategia novedosa.

Los famosos “tarjeteros” recorrían colegios, facultades, bares y puntos de encuentro repartiendo invitaciones. Tener una tarjeta de Metrópolis significaba pertenecer a un círculo especial. Era una forma de marketing revolucionaria para la época.

Pronto el boliche se convirtió en un fenómeno.

Por su escenario pasaron algunos de los artistas más importantes del rock argentino. Soda Stereo, Fito Páez, Los Fabulosos Cadillacs, Los Abuelos de la Nada, Patricia Sosa y muchos otros dejaron su huella en aquellas noches que hoy forman parte de la memoria cultural de la ciudad.

Las presentaciones de Soda Stereo alcanzaron niveles casi míticos. Los testimonios recuerdan un local colmado, personas colgadas de las estructuras del techo y largas filas de jóvenes intentando conseguir una entrada en reventa para ver a una banda que comenzaba a transformarse en leyenda.

Pero quizás lo más importante de Metrópolis no fueron los recitales.

Fue la gente.

Allí se conocieron amigos que siguen siéndolo cuarenta años después. Allí nacieron parejas que terminaron formando familias. Allí se escribieron miles de historias personales que jamás aparecerán en los diarios pero que forman parte de la memoria sentimental de toda una generación.

Y entre tantas anécdotas, una sobresale por encima de todas.

A fines de los años noventa, mucho antes de convertirse en director técnico de Gimnasia y Esgrima La Plata, Diego Armando Maradona llegó a la ciudad de la mano de un amigo platense: Guillermo “Keke” Fonseca, empresario vinculado a la gastronomía y la noche local.

La presencia de Maradona generó una revolución.

Según recuerdan quienes estuvieron allí, Diego apareció en Metrópolis, subió junto al DJ, tomó un micrófono y comenzó a interactuar con el público. Como tantas veces en su vida, no necesitó demasiado para convertirse en el centro de la escena.

Por unas horas, el mejor futbolista del mundo fue también la estrella de la noche platense.

Hoy Metrópolis ya no existe.

La ciudad cambió. Cambiaron las costumbres, la música, las formas de divertirse y hasta la manera de relacionarse.

Sin embargo, cuando alguien menciona aquel nombre, todavía se enciende algo en la memoria de quienes vivieron aquellos años.

Porque Metrópolis no fue solamente un boliche.

Fue una época.

Una época en la que la noche comenzaba mucho antes de entrar, cuando una tarjeta circulaba de mano en mano, cuando los recitales parecían acontecimientos irrepetibles y cuando miles de jóvenes creían que el fin de semana podía cambiarles la vida.

Quizás por eso su historia sigue viva.

Porque algunas ciudades se explican a través de sus edificios.

Otras, a través de sus plazas.

Y algunas, como La Plata, también se explican a través de los lugares donde generaciones enteras aprendieron a bailar, a enamorarse y a construir recuerdos.

Metrópolis fue uno de esos lugares.

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