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Vivimos tiempos extraños. La violencia ya no solo ocurre: también se transmite, se amplifica y se repite hasta el cansancio. Los medios de comunicación —y hoy también las redes sociales— no solo informan: muchas veces moldean climas emocionales, instalan obsesiones, magnifican conflictos y terminan dejando huellas profundas en la vida cotidiana.

La violencia mediática no siempre es un golpe o un grito. A veces adopta formas más silenciosas: la repetición infinita del miedo, el enfrentamiento permanente, la sospecha constante hacia el otro. Cuando una sociedad se acostumbra a convivir únicamente con relatos de odio, cancelación, humillación o guerra cultural, algo empieza a quebrarse lentamente en el tejido humano.

Y esto no afecta solamente a los jóvenes.

Existen adolescentes de cuarenta, cincuenta o sesenta años: personas emocionalmente inmaduras, atrapadas en reacciones impulsivas, simplificaciones extremas y consignas prefabricadas. La inmadurez no tiene edad, así como la manipulación emocional tampoco distingue generaciones. Del mismo modo que hay jóvenes profundamente reflexivos, también existen adultos completamente absorbidos por el enojo, el ruido permanente y la necesidad de pertenecer a tribus ideológicas.

En ese contexto aparecen grandes marcos de interpretación social, entre ellos la mirada sobre el patriarcado y las distintas corrientes feministas, muchas veces enfrentadas como si fueran mundos incompatibles.

Es importante reconocer algo: el esquema de violencia patriarcal no surge de la nada. Para muchas personas, especialmente desde sectores feministas, existe una estructura histórica y cultural que durante siglos ha contribuido a desigualdades, silencios, dependencias económicas y formas de violencia hacia las mujeres. Ignorar esa discusión sería desconocer experiencias reales y luchas que permitieron avances importantes en derechos y protección.

Pero reconocer patrones no significa convertirlos automáticamente en explicación absoluta de toda conducta humana.

Ninguna teoría social alcanza por sí sola para explicar la complejidad de las personas. No todo hombre es violento por pertenecer a un género, así como no toda mujer ocupa siempre el lugar de víctima en cada circunstancia. Hay hombres buenos y malos, mujeres buenas y malas, personas nobles y personas destructivas. La condición humana es mucho más compleja que cualquier consigna.

El riesgo aparece cuando un marco explicativo —incluso uno nacido de reclamos legítimos— se convierte en lente única para interpretar toda la realidad. Cuando desaparecen los matices, toda diferencia se vuelve sospecha y cada problema parece reducirse automáticamente a una lógica de opresores y oprimidos.

Porque sí: existen violencias estructurales que deben atenderse. Pero también hay violencias familiares, económicas, psicológicas, institucionales y culturales que no siempre responden a una sola explicación.

Quizás el error no esté en debatir estas cuestiones —porque deben debatirse— sino en transformar al otro en enemigo absoluto.

También existe una incomodidad creciente respecto del funcionamiento de la Justicia y del rol de jueces y fiscales en medio de estos debates. Hay quienes sienten que, en ocasiones, el sistema parece mirar con un solo ojo: algunos casos reciben enorme exposición mientras otros quedan invisibilizados; algunas denuncias avanzan rápidamente y otras se diluyen entre burocracias; y a veces pareciera que el clima político o mediático pesa más de lo deseable sobre decisiones que deberían sostenerse únicamente en pruebas, garantías e imparcialidad.

Por supuesto, sería injusto desacreditar por completo instituciones cuya tarea es compleja y muchas veces silenciosa. Existen jueces y fiscales comprometidos, rigurosos y profundamente humanos, del mismo modo que existen errores, sesgos, negligencias o intereses, como en cualquier estructura de poder.

Pero una democracia sana necesita algo fundamental: confianza pública. Y esa confianza no nace del miedo ni de la ideología, sino de la percepción de equilibrio. La Justicia debe proteger a las víctimas, garantizar derechos y, al mismo tiempo, evitar convertirse en herramienta de revancha, espectáculo o presión cultural.

Porque cuando las instituciones parecen inclinarse demasiado hacia un lado —sea real o percibido— la sociedad se fragmenta todavía más.

No toda tragedia humana nace de una única causa, ni todo problema social puede explicarse señalando un solo culpable. Buscar en lo pequeño la explicación total de los grandes conflictos suele ser una simplificación peligrosa. Cuando convertimos a un grupo entero en símbolo absoluto del mal, comenzamos a fabricar nuevas leyendas negras: relatos donde sectores completos de la sociedad son demonizados hasta convertirse en caricaturas.

La historia demuestra que cada época tuvo las suyas.

La naturaleza humana nunca fue perfecta. En todos los grupos existe una parte luminosa y otra conflictiva. La convivencia consiste justamente en construir cultura, educación, instituciones y afectos capaces de contener nuestros peores impulsos.

Sin embargo, desde hace años gran parte de la conversación pública parece organizada alrededor del enojo. Se habla de odio, de cancelación, de culpables permanentes y de bandos irreconciliables. Muchas veces se discute para destruir al otro, no para comprenderlo.

Y ninguna comunidad sobrevive demasiado tiempo enfrentándose consigo misma.

No se trata de abandonar luchas sociales, ni de dejar de militar ideas, ni de ignorar injusticias reales. Cada persona tiene derecho a defender sus convicciones. Pero militar no debería significar romper definitivamente los puentes entre quienes deberán seguir compartiendo un mismo país, un mismo barrio, una misma familia.

Quizás lo que más falta no sea información, ni ideología, ni consignas.

Quizás lo que falta sea amor.

No amor entendido como ingenuidad o romanticismo vacío, sino como una decisión profunda de comprender antes de condenar, escuchar antes de etiquetar, y recuperar respeto por las personas, los vínculos y las diferencias.

Porque entender es el primer paso para solucionar.

Y porque cuando una sociedad deja de intentar comprenderse, el camino que queda suele tener un nombre antiguo y peligroso: barbarie.

Humildemente, todavía estamos a tiempo de elegir otra cosa.

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