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¿Por qué un trabajador votaría por políticos cuyas políticas le perjudican directamente, que buscan recortar sus salarios y precarizar su vida? Esta es la paradoja que desconcierta a analistas y ciudadanos por igual en la era de los nuevos populismos de derecha, un enigma que parece desafiar toda lógica racional.
Pero a veces, la lógica social no se revela en las estadísticas, sino en la tragedia. En Brasil, Francisco van derley Luis, un hombre disfrazado del Joker, intentó un atentado suicida no por dinero, sino por reconocimiento. Este acto extremo no fue una anomalía, sino la manifestación literal de una crisis social profunda, una conducta que el sociólogo Jessé Souza había anticipado en su libro “El pobre de derecha”. Para entender el voto aparentemente inexplicable, debemos seguir el camino que Souza traza, un camino que se aleja de las hojas de cálculo y se adentra en la herida abierta de la dignidad humana.
1. La moneda invisible: más allá del dinero, el reconocimiento
La tesis que vertebra el análisis de Jessé Souza es un desafío directo al materialismo simplista: la principal fuerza que mueve a la sociedad no es la economía, sino la necesidad universal de reconocimiento, dignidad y autoestima. Si el dinero fuera el fin último, un magnate como Elon Musk no necesitaría la validación constante que persigue con desesperación. Su caso ilustra una verdad fundamental: la riqueza sacia el bolsillo, pero no el alma. El dinero es un medio, pero la verdadera moneda de cambio en la arena social es el estatus, el sentirse valorado.
Souza parte de desmontar este mito fundacional de nuestro tiempo con una frase lapidaria.
básicamente no era solo la economía tonto o no era la economía tonto
2. El arma silenciosa: la humillación como estrategia de control
El problema central para el arquetipo del “síndrome del Joker” no es la pobreza en sí misma, sino la humillación sistemática que la acompaña. Como el personaje de Arthur Fleck, el individuo es bombardeado por el desprecio desde todos los frentes: compañeros de trabajo, familia, figuras públicas. Esta no es una condición accidental, sino el resultado de un proyecto político deliberado. El sistema neoliberal, inaugurado en los años 80 por figuras como Ronald Reagan y Margaret Thatcher, se propuso desmantelar el tejido social para precarizar el trabajo. No se trataba solo de ahorrar costos, sino de minar la autoestima del trabajador.
Los empleos temporales, mal pagados y sin sentido de pertenencia se convirtieron en la norma. Pensemos en los profesores de “hora cátedra” que, con maestrías y doctorados, son contratados por cuatro meses y luego despedidos, forzados a “fingir su dignidad” ante un sistema que los devalúa. Este proceso culmina en la perversa inversión de la responsabilidad: la pobreza deja de ser un problema social para ser experimentada como una culpa y un fracaso individual. El mensaje es claro y devastador: “Eres pobre porque quieres”.
3. La lealtad rota: identificarse con el opresor
Aquí reside la paradoja más inquietante: la humillación sistemática no genera conciencia de clase, sino una identificación con la figura del opresor. La destrucción de la autoestima deja al individuo sin la fuerza moral para rebelarse. En su lugar, busca desesperadamente la aprobación de aquellos que encarnan el poder y el éxito, incluso si promueven políticas que lo hundirán aún más. Es una lealtad rota, una extraña alianza forjada en la desesperación.
entre más precarizados entre más humillados más van a votar por un Milei más van a votar por un bolsonaro más van a votar por un Trump entre menos dignidad más se van a identificar con su opresor
El caso de los trabajadores de correos en Argentina, que votaron masivamente por un candidato que prometía privatizar su sector y dejarlos en la calle, ilustra este fenómeno a la perfección. Es un acto de auto-sabotaje económico que solo puede entenderse a través de la lente de la desesperación moral.
4. Comunidades de ficción para un dolor real
Cuando el tejido social se desgarra, la derecha ofrece un sustituto: entornos que brindan reconocimiento, propósito y un sentido de pertenencia, aunque sean ficticios. Las teorías de conspiración y los grupos de fake news cumplen esta función. Para el bolsonarista que pasa ocho horas al día difundiendo videos falsos, la verdad es irrelevante; lo que importa es sentirse parte de algo, ser un “experto” que “sabe algo que tú no sabes”, un “salvador social” con una misión.
Del mismo modo, las iglesias evangélicas en Brasil, a la vez que explotan económicamente a sus fieles, tejen una red comunitaria que da un norte y un sentido de valía a los trabajadores precarizados. Ofrecen un refugio moral que, según advierte la fuente, la izquierda ha descuidado al centrarse casi exclusivamente en lo económico.
Conclusión: La Lucha por el Alma
El análisis de Jessé Souza nos obliga a aceptar una verdad incómoda: el problema está lejos de ser meramente económico. Es una crisis moral y política centrada en la destrucción deliberada de la autoestima y del tejido social que nos sostiene. Nos han convencido de que sobramos, de que nuestra precariedad es nuestro fracaso.
Por lo tanto, la solución no puede limitarse a la lucha por derechos laborales o mejores salarios. La verdadera batalla es por reconstruir la dignidad y la conciencia del valor intrínseco de cada trabajador. Es una lucha por el alma, por recuperar lo que nos han quitado. Si la verdadera riqueza del mundo reside en nosotros, los trabajadores, ¿cuándo dejaremos de aceptar la narrativa que nos declara en bancarrota moral?
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