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Asistimos hoy al paroxismo del “burnout” global. Mientras las élites de Silicon Valley sueñan con colonizar Marte o fundar naciones flotantes en aguas internacionales para evadir el colapso climático, la literatura nos recuerda que este impulso no es nuevo. En 1781, Nicolás Edme Restif de la Bretonne publicó El descubrimiento austral por un hombre volador, una obra que anticipó nuestra actual neurosis colectiva.
Escrita en las vísperas de la Revolución Francesa, esta novela no es un canto al progreso humano, sino una arqueología de la alienación burguesa. La Megapatagonia no nació como una utopía para transformar la sociedad, sino como una fantasía de escape diseñada para preservar privilegios sin enfrentar las contradicciones de la metrópoli. Es la radiografía de un deseo eterno: huir del sistema sin cuestionar sus fallas estructurales.
El “Ícaro Ilustrado” y la tecnología como refugio privado
Victorín, el protagonista, encarna al burgués industrioso atrapado en el engranaje económico de un París que ya no soporta. Su solución ante el agotamiento no es la reforma social, sino la invención de una “máquina de volar”. A diferencia de los científicos de la Ilustración que buscaban el saber universal, Victorín utiliza la técnica para fundar un espacio privado de bienestar, lejos de la lucha de clases.
Es fundamental notar que este “disruptor” no es un héroe solitario. Su proyecto es posible gracias a Cristine, su esposa, quien aporta el capital inicial proveniente de la herencia de su padre. Al igual que los magnates contemporáneos que se dicen hechos a sí mismos, la utopía de Victorín se asienta sobre la transferencia de riqueza generacional y la seguridad conyugal.
“La utopía se funda sobre una alianza estratégica entre el amor conyugal, el dinero heredado y la técnica puesta al servicio del confort privado; una tríada que permite al burgués elevarse físicamente sobre la miseria del mundo.”
El Sur no es un lugar, es un “Vacío Simbólico”
En la narrativa de Restif, la Megapatagonia no tiene relación con la geografía real. Es un “vacío simbólico”, un territorio borrado de su identidad propia para ser convertido en un escenario absoluto de proyección europea. Para el autor, el Sur no es un destino, sino una hoja en blanco donde el colonizador puede ensayar sus deseos reprimidos sin la resistencia de la historia local.
Este impulso no es solo colonial; es profundamente fetichista. Restif, cuyo nombre dio origen al término “retifismo” (fetiche por los pies), traslada esa obsesión por clasificar y controlar cuerpos al mapa. La Patagonia es tratada como un objeto erótico y económico; un fetiche civilizatorio donde el deseo se disfraza de ley y la explotación de “descubrimiento”.
La trampa de la igualdad condicionada
El sistema social megapatagón es un espejo deformante de la vanidad europea. Aunque presumen de una “Ley Única” de fraternidad, esta solo aplica para los iguales, mientras que el resto de los habitantes son clasificados en categorías zoológicas que justifican su subordinación. Incluso poseen un “sistema de la moda”, demostrando que su sociedad ideal es solo un reflejo de la frivolidad parisina.
La Máscara (La Ley Única): Proclama la justicia con el hermano, el respeto a los animales y la participación en el bienestar común para todos los “iguales”.
El Rostro (La Realidad): Una estratificación brutal donde las mujeres son reducidas a la crianza y la cocina, mientras pueblos como los “micropatagones”, “afásicos”, “hombres-pájaro” y “hombres-mono” son convertidos en fuerza laboral invisible.
Del comunismo integral al tráfico de cuerpos
Hacia el final de la novela, ocurre un colapso moral inevitable. Lo que comenzó como un “comunismo integral” basado en la armonía se disuelve rápidamente en una maraña de reglamentos patriarcales. La administración del bienestar se transforma en la administración de la propiedad masculina sobre las mujeres megapatagonas, revelando que el orden social nunca buscó la justicia, sino la estabilidad del privilegio.
La obra concluye con una visión inquietante: la Megapatagonia deja de ser un ideal para convertirse en un centro de explotación permanente. La fraternidad prometida termina siendo un sistema de posesión donde el territorio se transforma en un negocio dedicado al tráfico de lo exótico para los herederos de Victorín y Cristine.
“La utopía se revela como lo que siempre fue: una colonia en potencia. El territorio se convierte en un mercado dedicado al tráfico de lo exótico y al mantenimiento del estatus de los fundadores.”
El espejo del presente: De Victorín a los paraísos fiscales
La conexión entre la Megapatagonia de 1781 y nuestro capitalismo actual es directa. Lo que Restif llamó “el hombre volador”, hoy lo encontramos en los tecnócratas que proponen ciudades privadas y retiros de lujo como solución a problemas estructurales. Es el “capitalismo escapista”: la fe ciega en que un artefacto tecnológico nos salvará de tener que debatir la ética de nuestra convivencia.
Las clasificaciones zoológicas de Restif han sido sustituidas por clasificaciones algorítmicas. Los “hombres-mono” de 1781 son hoy los trabajadores de la gig economy, esenciales para sostener la utopía tecnológica pero invisibilizados por la plataforma. Nuestras “economías verdes” dependen de la explotación periférica en el Sur Global, manteniendo intacta la lógica de la Megapatagonia: alguien más siempre paga el precio del paraíso.
Conclusión: La vigencia de un sueño hecho de dominación
La obra de Restif de la Bretonne no es una fantasía exótica, sino el diagnóstico temprano de las patologías de la modernidad. Nos recuerda que Megapatagonia no es un error de la Ilustración, sino su conclusión lógica: la creación de una ley perfecta que nunca choca con la realidad material del poder y la posesión.
Cuando una sociedad busca desesperadamente un “afuera” para resolver sus contradicciones, solo está expandiendo su capacidad de dominio. La brecha entre el texto legal —los derechos humanos y las constituciones— y la vida material sigue siendo la herramienta predilecta de las élites para soñar con mundos mejores mientras el extractivismo financia su vuelo.
Pregunta para el lector: ¿Nuestras actuales utopías tecnológicas, desde el Metaverso hasta la colonización espacial, no serán acaso nuevas Megapatagonias diseñadas para que todo cambie sin que nada cambie realmente?
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