A través de su productora KIA, Matías Mansilla rescata cámaras de los años setenta para inmortalizar el amor con la textura, el grano y el romanticismo del celuloide original.

En un mundo dominado por la perfección digital y la inmediatez de las redes sociales, un emprendedor de la región decidió mirar hacia atrás para ofrecer algo verdaderamente eterno. Matías Mansilla, oriundo de nuestra ciudad, ha logrado posicionar a KIA como la primera compañía en Argentina dedicada exclusivamente a filmar películas de bodas en formato Super-8, devolviendo a los casamientos ese aura mística del cine de culto.

El proyecto no es solo un servicio de video; es una apuesta por la nostalgia. Utilizando película real de Kodak, Mansilla captura momentos que, a pesar de suceder hoy, parecen extraídos de una memoria familiar de hace décadas. «El Super-8 es un espacio donde el tiempo es apacible y va despacio», explica el fundador sobre esta técnica que democratizó la imagen doméstica en los años sesenta.

El factor humano detrás de la lente

Para Matías Mansilla, el motor de este emprendimiento es su propia historia. Nacido en la Ciudad de Buenos Aires y radicado en Berisso, el cineasta reconoce que su familia es el pilar de su creatividad. Su esposa, Rocío, una talentosa fotógrafa, es quien realiza los retratos que acompañan la estética del sitio, mientras que sus hijos, Vera y Lorenzo, son la razón principal detrás de su búsqueda artística.

Tras años de preparación, Matías decidió desempolvar sus viejas cámaras y lanzarse a rodar. El diferencial de KIA reside en aceptar la vulnerabilidad del material analógico. Según el emprendedor, la belleza de lo imperfecto pone de manifiesto el factor humano, algo que los clientes valoran como una «joya preciosa» en medio de tanta estandarización tecnológica.

Una experiencia cinematográfica y personal

La propuesta de KIA se aleja del tradicional video de bodas para acercarse a un estilo documental y contemplativo. Matías Mansilla no busca ser un proveedor más, sino un narrador cercano. Por ello, se reúne previamente con las parejas para conversar sobre temas cotidianos como el fútbol, la ropa o el clima.

«Eso genera una conexión genuina, de amigos. Hace que a la hora de narrarlos en imágenes todo fluya con naturalidad, como si el tío fan de las camaritas a rollo de los 70 filmara la boda», comenta Mansilla.

El resultado final es una producción con estética de la época dorada de Hollywood: tonos pastel, grano fino y una cadencia poética que transforma a los recién casados en protagonistas de un film inmortal. En un mercado que busca diferenciarse, el regreso al soporte físico parece ser la respuesta para quienes desean un recuerdo que, literalmente, se pueda tocar y sentir.

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