1 agosto, 2026
Portada » El bosque de las sillas infinitas
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En un bosque no tan lejano, los animales descubrieron que gobernar una comarca tenía una ventaja extraordinaria: si uno conseguía sentarse en la silla grande del Ayuntamiento, después podía intentar volver a sentarse. Y volver. Y volver. Hasta que alguien decidió que tanta comodidad podía ser perjudicial para la circulación y estableció una regla sencilla: dos mandatos y a caminar.

La noticia cayó pésimo entre los alcaldes. Más de ochenta descubrieron que el calendario, esa criatura antipática que nunca negocia, estaba a punto de dejarlos sin silla. Entonces comenzaron las reuniones, las consultas jurídicas y las ideas brillantes. Algunos propusieron cambiar la ley; otros, recurrir a los tribunales; y un tercer grupo tuvo una revelación: ¿por qué no dejar que los Concejos Deliberantes decidieran si el alcalde podía volver a presentarse?

La propuesta era sencilla: que los concejales, esos animales que suelen necesitar votos para llegar a sus bancas y a veces necesitan al alcalde para conservarlas, fueran quienes decidieran quién podía seguir sentado en la silla.

En una comarca cercana, conocida como Villa Sauce, la situación era todavía más divertida. El alcalde de turno sabía que su mandato podía tener fecha de vencimiento, pero no parecía dispuesto a abandonar tan pronto el cómodo sillón. El problema, sin embargo, no estaba únicamente afuera. La verdadera batalla se libraba dentro de su propia manada.

Allí estaba el Zorro Paciente, que después de perder una interna decidió hacer algo insólito en política: acompañar. Durante más de dos mil días permaneció junto al gobierno sin convertirse en un factor de desgaste, aunque su grupo consideraba que había recibido bastante menos espacio del que correspondía a los votos y al esfuerzo aportado.

El Zorro, prudente y educado, repetía que respetaba al alcalde.

—¿Y si el alcalde no puede volver a competir? —le preguntaban.

—Yo respeto al alcalde —respondía.

—Sí, pero…

—Respeto al alcalde.

Y así, mientras hablaba de respeto, el Zorro miraba de reojo la silla.

Porque los zorros, además de respetuosos, suelen saber esperar.

Mientras tanto, desde el histórico Barrio de los Ladrillos, otro grupo observaba la escena. Tenía territorio, estructura y memoria. Y también tenía un candidato que, por las dudas, ya estaba calentando motores.

—¿Usted quiere ser alcalde? —le preguntaban.

—Hay que fortalecer la unidad del proyecto —respondía.

—Sí, pero ¿quiere ser alcalde?

—Hay que construir consensos.

—¡Pero conteste!

—Todo tiene sus tiempos.

Y como los tiempos políticos son una especie de reloj que funciona al revés, nadie sabía exactamente cuándo comenzaban ni cuándo terminaban.

En el Palacio Municipal, mientras tanto, había otros personajes dignos de una fábula.

La Ardilla de las Selfies, por ejemplo, había desarrollado una habilidad extraordinaria: aparecer en fotografías en cualquier circunstancia. Si había una inauguración, selfie. Si había una reunión, selfie. Si había una crisis, selfie.

Un día, una familia se acercó desesperada.

—¡Necesitamos ayuda!

La Ardilla sacó el teléfono.

—¡Perfecto! ¡Pónganse juntos!

—Pero tenemos hambre.

—¡Sonrían!

—¡Necesitamos respuestas!

—¡Más cerca!

La foto quedó preciosa.

La familia se fue igual de preocupada, pero al menos había salido bien iluminada.

En otra oficina estaba el Director Invisible, un funcionario que tenía escritorio, cargo y placa en la puerta, aunque nadie sabía exactamente qué hacía.

—¿Quién dirige esta área? —preguntó un vecino.

—Él.

—¿Y qué hace?

Silencio.

—¿Decide?

Silencio.

—¿Trabaja?

Silencio.

—¿Entonces?

Un viejo empleado respondió:

—Es director.

—¿De qué?

—De la dirección.

El vecino comprendió que había llegado demasiado lejos y decidió no hacer más preguntas.

Pero el momento más delicado ocurrió cuando el Oso de la Seguridad protagonizó una reunión institucional que terminó pareciendo un campeonato de lucha libre. La discusión subió de tono, las amenazas volaron y los presentes descubrieron que, en determinados ambientes políticos, la palabra “diálogo” puede tener un significado bastante flexible.

El búho que presidía la reunión intentó recuperar la calma.

—Señores, estamos en una institución.

—¡Sí!

—Entonces comportémonos como animales civilizados.

Todos se quedaron pensando.

El problema era que nadie había definido qué animal era civilizado.

Finalmente llegó el gran acto.

El alcalde subió al escenario y pronunció la palabra mágica:

—¡Unidad!

Todos aplaudieron.

—¡Tenemos que estar juntos!

Más aplausos.

—¡Hay que reconstruir los puentes!

Entonces, desde el fondo, una vieja comadreja preguntó:

—¿Y quién los rompió?

Silencio.

—Eso ya no importa —respondió el alcalde.

—¿Y los que quedaron afuera?

—Hay que integrarlos.

—¿Y los que ahora quieren ser candidatos?

El alcalde bebió agua.

—Hay que conversar.

—¿Y si quieren la silla?

El alcalde volvió a beber.

Y en ese preciso momento, todos comprendieron el verdadero problema.

La unidad era una idea maravillosa…

Siempre y cuando nadie quisiera sentarse en la misma silla.

Porque en el Bosque de las Sillas Infinitas todos hablaban de democracia, de consensos, de proyectos y de futuro. Pero, cuando llegaba la hora de contar los votos, aparecía una verdad mucho más sencilla: algunos querían conservar la silla, otros querían recuperarla y otros, después de años de acompañar pacientemente, consideraban que ya era hora de probarla.

El viejo búho observó la escena desde una rama.

—¿Saben cuál es el problema? —preguntó.

—¿Cuál?

—Que todos creen que la política consiste en decidir quién se sienta en la silla.

—¿Y no es así?

—No.

—¿Entonces?

El búho señaló la silla.

—El verdadero problema es que nadie quiere levantarse.

Y mientras todos discutían sobre la ley, las alianzas, las internas, las candidaturas y la unidad, el calendario siguió avanzando.

Porque en el bosque, como en la vida, hay algo que ni siquiera los políticos pueden detener:

el tiempo.

Aunque, por supuesto, todavía están buscando un proyecto de ley para intentarlo.

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