Del sueldo de 2.000 dólares al hambre en la calle: 5 revelaciones urgentes de Enrique Slezack sobre el futuro argentino
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Berisso no es solo un punto en el mapa; es el “Kilómetro Cero” de un sentimiento que forjó la historia grande de la Argentina. En sus calles, donde el olor a salitre del puerto se mezcla con el recuerdo del sudor obrero, se palpa hoy una tensión silenciosa. Es la misma ciudad que alguna vez tuvo luces encendidas las 24 horas por el rugir de los frigoríficos Swift y Armour, y que hoy, en este crudo invierno de julio de 2026, parece sumergida en una penumbra que no es solo eléctrica, sino existencial. Enrique Slezack, el hombre que condujo los destinos de esta comuna durante tres periodos, emerge hoy como un observador privilegiado —y dolido— de este naufragio social.
En una charla que atraviesa la frialdad de los datos macroeconómicos y desemboca en la tragedia del plato vacío, Slezack desnuda la metamorfosis de una región que pasó de soñar con el “autito” y las vacaciones a luchar contra el hollín de la leña. Con la agudeza de un analista que conoce el barro y la oficina, el exintendente plantea una hoja de ruta necesaria para el peronismo y una advertencia terminal para el país: la Argentina del siglo XIX, esa de la exclusión y el privilegio unitario, está golpeando la puerta con una fuerza devastadora.
1. El mito del poder adquisitivo: Cuando el bienestar era realidad y no “relato”
Para Slezack, el año 2015 no es un recuerdo nostálgico, sino una prueba técnica de que otro modelo era posible. Frente a quienes sostienen que aquel consumo era una ficción, el exintendente arroja un dato que hoy suena a ciencia ficción: un empleado municipal de promedio, con un dólar a 9 pesos, percibía un sueldo equivalente a 2.000 dólares. No se trataba de una burbuja, sino de un sistema que volcaba la renta petrolera y productiva al bolsillo del trabajador para dinamizar el mercado interno.
“En 2015, el sueldo de un empleado municipal alcanzaba para pagarte un viaje de 2.000 dólares… Mi señora, jefa de departamento con 42 años de antigüedad, cobraba lo que hoy representaría un millón de pesos en capacidad de compra real. Podían darse el gusto de tener lavarropa, televisor, aire acondicionado. Fue bueno eso; no fue una fantasía, fue una decisión política de que el pueblo viva bien”.
Slezack desarma la narrativa de la “fiesta populista” explicando que ese poder adquisitivo permitía que familias que jamás habían salido de la región pudieran conocer el Caribe o las costas argentinas, transformando la movilidad social en una vivencia palpable y no en una promesa de campaña.
2. La “trampa” de la propiedad privada y el saqueo estratégico
Uno de los puntos más agudos del análisis de Slezack es la denuncia del secuestro semántico del concepto de “propiedad privada”. Según el entrevistado, este derecho se esgrime hoy como un escudo para proteger la entrega de recursos estratégicos a poderes internacionales —menciona con indignación la entrega del oro a Inglaterra y la concesión del litio y el gas— mientras se le niega la propiedad real al ciudadano común.
El contraste es quirúrgico: el “pensamiento unitario” de la Capital Federal legisla para que corporaciones extranjeras se queden con montañas y lagos, pero ha destruido el crédito hipotecario para el laburante. Slezack contrapone esta parálisis con el impacto multiplicador del plan Procrear, que no era solo una casa, sino una rueda económica que movía a fleteros, corralones, albañiles y electricistas. “Hoy no hay crédito para un departamento de dos ambientes, pero financian a los ricos”, sentencia, señalando una estructura donde la propiedad es un privilegio de pocos y una quimera para los muchos.
3. Legitimidad o muerte: El peronismo ante el desafío de las internas
Mirando hacia el horizonte electoral de 2027, Slezack es tajante: el peronismo no puede seguir decidiendo su destino en oficinas cerradas de Buenos Aires. El exintendente exige el fin de las “listas de unidad” de laboratorio y el regreso a la legitimidad del voto. “Tiene que haber interna siempre”, sostiene, para que el liderazgo nazca de abajo hacia arriba y tenga la representatividad necesaria para sentarse a negociar con otros sectores.
En este tablero, identifica a cuadros políticos como Sergio Uñac, Jorge Capitanich o Gerardo Zamora como figuras de peso que han sido sistemáticamente “esmeriladas” por el poder centralizado y los medios porteños. La propuesta de Slezack es una coalición amplia y tolerante:
- Recuperar el radicalismo auténtico: Aquel de Alfonsín y Storani, alejado del oportunismo del PRO.
- Alianzas programáticas: Convocar a socialistas y sectores de izquierda bajo 10 o 15 puntos básicos de dignidad nacional.
- Desterrar el miedo: Formar líderes que no teman enfrentar a los “pulpos de la macroeconomía” que hoy manejan el país.
4. Berisso como el “patio trasero” de una provincia abandonada
La identidad de Berisso es, para Slezack, un crisol de ideologías —anarquismo, socialismo y laborismo— traídas por inmigrantes que huían de la muerte en Europa. Ese ADN trabajador fue el que parió el 17 de octubre, pero hoy esa identidad está bajo ataque. Slezack define a la ciudad como el “patio trasero de La Plata”: el lugar donde se radican las industrias “sucias” (destilerías, puertos), pero que es el primero en ser abandonado cuando el Estado nacional retira la inversión.
Destaca que Berisso no tiene soja ni trigo; vive del trabajo industrial y la decisión política. Por eso, subraya el valor de hitos como el Hospital de la Carne (recuperado para la universidad) y el centro Y-TEC, una “decisión de excelencia de Cristina” para descentralizar el conocimiento. Para el exintendente, ver la parálisis de la obra pública y el cierre de comercios en su ciudad no es solo un problema económico, es la tristeza de una comunidad que pierde su razón de ser.
5. El rostro humano: Del asado dominical al hollín en las manos
El relato alcanza su punto más doloroso cuando Slezack abandona la teoría y describe la calle. El “cronista social” narra la angustia de volver de un cumpleaños a la madrugada y encontrar a conocidos —vecinos con nombre y apellido— revisando las bolsas de basura en busca de restos de comida.
Sin embargo, la imagen más potente de esta involución es la de las “manos negras de tisne”. Slezack describe con amargura cómo los vecinos del Barrio Obrero, imposibilitados de pagar una garrafa, han regresado a la cocina con leña y ramas. El hollín en la piel es la marca de una Argentina que retrocede un siglo en calidad de vida. “Hoy un hombre no puede invitar a sus hijos a comer un asado, ni siquiera unos fideos con tuco, porque no le alcanza”, relata, marcando la ruptura del lazo social más básico de la familia argentina.
Conclusión: ¿Hacia una exclusión decimonónica?
La advertencia de Enrique Slezack es clara: “no alcanza con el peronismo” si este no recupera su mística de justicia social y su capacidad de enfrentar a los poderes que hoy rifan el país por Paraguay o Liberia. Su testimonio es un grito de alerta sobre una Argentina que parece estar siendo formateada para volver a 1900, una era donde no había derechos, solo patrones.
La pregunta que queda flotando sobre el “Kilómetro Cero” es si seremos capaces de reconstruir ese país donde un municipal podía soñar con el Caribe y un obrero con el título universitario de su hijo, o si nos resignaremos a ser una nación donde la única huella del trabajo sea el tizne de la leña en las manos de un pueblo empobrecido.