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5 verdades que explican por qué la música en español no tiene nada que envidiarle a la de afuera
1. El sesgo de nuestra propia lista de reproducción
¿Quién es el mejor artista de la historia? En una consulta reciente, el 71% de los participantes eligió a músicos de EE. UU. o el Reino Unido. Solo un ínfimo 29% miró hacia el resto del planeta.
Esto plantea una pregunta central: ¿Es realmente mejor la música en inglés o simplemente nos educaron para verla como el estándar de oro? Como oyentes, solemos operar bajo una validación externa que nos hace cuestionar nuestro propio valor cultural.
2. Los Beatles no eran tan “ingleses” como pensabas
El éxito de la banda más grande de la historia no se explica solo por su pasaporte, sino por su capacidad de habitar una frontera ampliada. Los Beatles fueron esponjas que absorbieron la permeabilidad cultural de un mundo interconectado.
John Lennon se nutrió de la estética japonesa, George Harrison de la mística de la India y Paul McCartney del bolero mexicano con “Bésame mucho” de Consuelo Velázquez. Su genialidad no era una cuestión de origen, sino de curiosidad.
“Los Beatles ocupan el lugar que tienen en la historia porque supieron tomar de cada cultura el mejor elemento y hacer un conjunto mucho más interesante que si fuesen solo algo fronterizo”.
Incluso podemos proponer un experimento mental: si los Beatles hubieran nacido en Argelia, su talento habría sido exactamente el mismo. Sin embargo, su alcance global habría sido nulo debido a la falta de una maquinaria de hegemonía cultural que los respaldara.
3. La trampa de la inspiración: la jerarquía inconsciente
Existe una jerarquía invisible que perpetuamos al idolatrar. Cuando figuras como Charly García o Spinetta rinden culto a los Beatles, o cuando Duki referencia a Kendrick Lamar y Kanye West, colocan involuntariamente a lo anglo un escalón por encima.
Al ver estos referentes externos como el “punto de origen”, aceptamos que lo nuestro es una derivación secundaria. Sin embargo, esta dinámica desaparece en géneros autóctonos como el tango de Gardel o el folklore de Atahualpa Yupanqui.
En estos géneros, al ser la raíz puramente local, no existe un “escalón superior” externo al cual rendir cuentas. La calidad se mide bajo nuestras propias reglas, sin necesidad de comparaciones de inferioridad estética.
4. El “monopolio” no era de talento, sino de billetera
La supuesta superioridad angloparlante nunca fue una cuestión de genio artístico, sino de poder económico. Antes de la globalización, las discográficas de EE. UU. e Inglaterra poseían el monopolio de la inversión publicitaria global.
Artistas como Willy Colón o Vicente Fernández poseían una calidad técnica indiscutible, pero no contaban con el respaldo financiero para saturar las radios del mundo. Este sistema forzó a artistas no-angloparlantes a adaptarse para sobrevivir.
Un ejemplo claro es Björk; siendo islandesa, tuvo que cantar en inglés para “infiltrarse” en el mercado global. Lo mismo ocurre hoy con bandas como la argentina Pacífica, que adoptan el idioma para ser validadas en circuitos internacionales.
5. Apropiación cultural: el mainstream como collage ajeno
Gran parte de la identidad musical de EE. UU. —el blues, el hip hop, el afrobeat— fue creada por descendientes de esclavos. Es una cultura forjada bajo la opresión de los “40 acres y una mula”, una promesa de libertad jamás cumplida por su gobierno.
Esa riqueza rítmica fue absorbida y empaquetada por el mainstream anglo. El propio Fela Kuti criticó a Paul McCartney por apropiarse de ritmos africanos sin el debido reconocimiento. El éxito anglo es, en gran medida, un collage de lo ajeno.
Este sesgo no es exclusivo de la música; ocurre también en el cine. Hollywood se alimenta constantemente de ideas externas, desde remakes de películas exitosas (como El secreto de sus ojos) hasta la influencia de los cuentos de Borges en el cine de Christopher Nolan.
6. La rebelión del algoritmo y el sesgo institucional
Internet ha fracturado el monopolio de los grandes sellos. Hoy, 1 de cada 5 canciones en los tops mundiales no son en inglés. El impacto de Bad Bunny y la reivindicación de la salsa de Willy Colón por artistas como Dillom demuestran este cambio de paradigma.
A pesar de esto, las instituciones siguen ancladas en el pasado. El libro “1000 discos que hay que escuchar antes de morir” es un ejemplo demoledor: de mil entradas, solo hay un disco en español (Siembra, de Colón y Blades).
Esa distinción entre “Grammys normales” y “Grammys latinos” es el último vestigio de una óptica que se resiste a aceptar que el centro de gravedad cultural se ha desplazado. La calidad ya no pide permiso para cruzar la frontera.
7. Conclusión: hacia una soberanía cultural
La calidad de una obra no depende del presupuesto ni del idioma. Es hora de abandonar esa óptica antisudaca que nos hace creer que lo extranjero es superior por defecto simplemente porque viene acompañado de una mayor inversión.
Debemos dejar de buscar la validación en criterios ajenos y empezar a ejercer nuestra propia soberanía cultural. Tenemos el poder de difundir, apoyar y elevar nuestra propia estética a través de la conexión directa que permite la tecnología.
El talento local no necesita ser una “evolución” de lo de afuera; es valioso por derecho propio. La próxima vez que escuches a un artista de tu región, recuerda: el próximo mejor artista de la historia ya está sonando en nuestro idioma. Solo falta que le demos el lugar que siempre ha merecido.
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