La realidad argentina parece empeñada en convertirse, día tras día, en un manual práctico de pensamiento crítico. O, mejor dicho, en un catálogo ilustrado de errores de razonamiento.
Lo ocurrido en las últimas horas con las declaraciones de la señora Peña no fue solamente un episodio de desinformación o una fake news más. Fue también un ejemplo casi perfecto de una de las falacias más frecuentes de nuestro tiempo: la falacia ad verecundiam, conocida también como “apelación a la autoridad” o “sesgo de autoridad”.
¿En qué consiste? En aceptar una afirmación no porque esté respaldada por pruebas, evidencias o argumentos sólidos, sino simplemente porque quien la emite es una persona reconocida, famosa o considerada una autoridad en algún ámbito.
El mecanismo es sencillo y poderoso. La afirmación suena plausible. Parece posible. Pero, sobre todo, proviene de alguien conocido. Entonces, muchas personas trasladan automáticamente el prestigio de esa persona hacia un terreno donde quizás no posee ningún conocimiento especial.
Así, la discusión deja de centrarse en los hechos y pasa a girar alrededor de quién habla. Curiosamente, es el reflejo positivo de otra falacia muy común: el argumento ad hominem. Allí se intenta desacreditar una idea atacando a la persona; aquí se intenta validar una idea únicamente por la reputación de quien la expresa.
En este caso particular, cuando aparecieron los datos verificables, el relato se derrumbó. Sin embargo, durante un tiempo logró sostenerse gracias al prestigio prestado de quien lo difundía.
Los medios de comunicación y las redes sociales explotan este mecanismo de manera permanente. La evidencia suele ser reemplazada por celebridades; los datos, por el carisma; y la argumentación, por la visibilidad.
Una persona puede ser extraordinaria actuando, cantando, conduciendo un programa de televisión o jugando al fútbol. Eso no significa automáticamente que posea conocimientos especializados sobre política, economía, justicia o gestión institucional. Son competencias diferentes.
Sin embargo, el ecosistema mediático suele buscar justamente eso: un rostro conocido que diga aquello que determinados sectores desean instalar. No importa demasiado el contenido ni la experiencia específica sobre el tema. Lo importante es la capacidad del personaje para transferir credibilidad a un mensaje.
Por eso conviene recordar una regla sencilla: el talento no es transferible por ósmosis. Ser brillante en un área no convierte a nadie en experto en todas las demás.
La próxima vez que una figura pública haga una afirmación contundente sobre cualquier tema, vale la pena hacerse una pregunta elemental:
¿Estoy creyendo esto por las pruebas que presenta o simplemente por quién lo está diciendo?
La diferencia entre ambas cosas suele marcar la frontera entre la información y la manipulación.

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