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La partida de Daniel Melingo, a los 68 años, marca un punto de inflexión melancólico para la cultura argentina. No se ha ido simplemente un músico; se ha despedido un “superhéroe de la música popular”, un camaleón del sonido que habitó los departamentos de Chacarita con la misma naturalidad con la que recorrió los conservatorios y los márgenes del arrabal. Melingo fue, ante todo, un alquimista capaz de transmutar la formación académica en una narrativa emotiva, a veces fantasmagórica, pero siempre profundamente humana. ¿Quién fue realmente este hombre que, entre el clarinete y los bajos fondos, logró vivir mil vidas artísticas en una sola?
La “música de resistencia”: Un mapa genético del margen
Para Melingo, la música nunca fue una cuestión de géneros, sino de verdad. Su filosofía se cimentaba en lo que él denominaba las “músicas de resistencia”: el blues, el tango, el flamenco, el fado y el rebético —aquella sonoridad de los marginados griegos que adoptó con devoción—. A este canon sumó, hacia el final de su camino, la cumbia. No lo hizo por capricho, sino por erudición: Melingo defendía la cumbia como una expresión de profunda raíz africana, un pilar de identidad tan resistente y vital como el blues.
Esta apertura cultural fue fruto de su paso por el “continente” de Brasil, donde integró la banda del gigantesco Milton Nascimento. Esa experiencia dilocuente le permitió comprender que el artista no es un soberano, sino un médium de fuerzas más antiguas.
“La música elige a determinadas personas. No son las personas las que eligen la música, sino que es al contrario”.
Entre el Dream Team del rock y la liturgia del 2×4
Si el rock argentino de los 80 tuvo una era dorada, Melingo fue uno de sus arquitectos fundamentales. Formó parte de lo que la historia hoy reconoce como un equipo de la NBA: la banda de Piano Bar de Charly García, junto a Fito Páez. Su saxo “endemoniado” y su pluma dejaron huellas indelebles en Los Twist y Los Abuelos de la Nada, pero su espíritu libertario no conocía el sedentarismo creativo.
Su mayor acto de insurgencia ocurrió en 1998 con Tangos Bajos. Este disco no solo fue un hito; fue el puente que habilitó a toda una generación de disidentes roqueros a perderle el miedo al tango, permitiéndoles habitar el género desde sus propias experiencias urbanas. Su influencia fue tal que “que te llamara Melingo era pasar a formar parte de la historia”. Así lo entendieron desde Pity Álvarez hasta Julieta Laso, pasando por Vicentico, quienes buscaron en él esa pátina de autenticidad arrabalera. Melingo se marchó mientras trabajaba en el Tangos Bajos Rework, una regrabación con sonido actual que planeaba presentar este 21 de septiembre en el Teatro Coliseo.
La ópera perdida de “El Eternauta” y el nacimiento de “Hoso”
En los años 90, Melingo intentó concretar una ambición épica: una ópera basada en la obra de Héctor Germán Oesterheld. A pesar de contar con el beneplácito de Inés, la viuda del autor, el litigio por los derechos de la obra impidió el uso del nombre original. Aquella frustración, sin embargo, parió su primer álbum solista: Hoso (1994).
En piezas como “Nevada Mortal” o “Juan Salvo”, Melingo canalizó el surrealismo argentino y la ciencia ficción, demostrando que su estética estaba tejida con los mismos hilos de la resistencia política y poética de Oesterheld. Aquel disco fue la primera gran declaración de independencia de un artista que se negaba a ser encasillado.
El secreto métrico de Charly: Un hallazgo surrealista
Uno de los episodios más fascinantes de su trayectoria quedó inmortalizado en la película Su realidad, de Mariano Galperín. Con un humor casi chaplinesco, Melingo reveló un secreto técnico que es, a la vez, una pieza de arqueología cultural: la coincidencia métrica exacta entre “Canción para mi muerte”, el himno fundacional de Charly García, y la “Marcha Peronista”.
Melingo, el músico de conservatorio, no procesó este hallazgo como una burla, sino como una revelación de cómo lo político y lo popular se filtran en el inconsciente colectivo argentino, creando estructuras que hermanan la rebeldía del rock con la mística de las masas.
Del conservatorio al “Linyera”: El ecosistema Melingo
Daniel Melingo habitó una dualidad fascinante: era el erudito de los instrumentos de viento que elegía “pintar la oscuridad”. Su personaje final, el “Linyera”, fue una construcción mitológica que fusionó al vagabundo de la calle Corrientes con el errante de la épica griega. En su ópera Linyera (2022), convocó a figuras como Andrés Calamaro, Fena Sims y el italiano Vinicio Capossela para dar vida a ese universo de sombras.
Su legado no fue solo sonoro; Melingo construyó un ecosistema de experiencias que trascendía los escenarios:
  • Música: 11 discos solistas y colaboraciones fundamentales con Fabiana Cantilo, Willy Crook y Spinetta Tango.
  • Cine: Una presencia magnética en filmes como Lulú (Luis Ortega), Una noche sin luna (Germán Tejeira) o Hilda (Lorena Muñoz).
  • Cultura Infantil: Su interpretación de Astor Piazzolla en la serie Zamba, acercando la vanguardia a las nuevas generaciones.
  • Curaduría de Vida: El desarrollo de su propio vino Malbec y aceites de autor, entendidos como extensiones de su sensibilidad estética.
Conclusión: El rock como simulacro y el deseo del retorno
Hacia el final de su camino, Melingo soltó una reflexión provocadora: definía al rock como un “simulacro”, una música foránea que los argentinos intentábamos adaptar con mayor o menor fortuna. Su corazón, aunque profundamente roquero, latía con un deseo anacrónico y puro: “Quería cantar como Edmundo Rivero”.
Al despedirlo, nos queda su obra monumental y esa generosidad inmensa de quien nunca pareció estar al tanto de su propia importancia. Queda abierta la pregunta sobre cuál de todos sus rostros resonará con más fuerza en el futuro: ¿el saxofonista febril de los 80, el tanguero oscuro que validó el género para los jóvenes, o el linyera surrealista que mezcló a Homero con el petiso orejudo? Probablemente, la eternidad le pertenezca a todos ellos, porque Melingo fue, ante todo, el hombre que nos enseñó que para encontrar la luz, primero hay que saber pintar las sombras.
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