Durante años circuló una historia irresistible: que el tamaño del Compact Disc fue definido para que pudiera entrar completa la Novena Sinfonía de Beethoven sin necesidad de cambiar de disco. La escena parece perfecta: ejecutivos japoneses discutiendo especificaciones técnicas mientras un músico clásico exige respeto por una obra maestra del siglo XIX.
Pero ¿fue realmente así?
La respuesta corta es: parcialmente.
La larga es bastante más interesante.
El nacimiento del Compact Disc
A fines de los años 70, Sony y Philips trabajaban en conjunto para crear un nuevo formato de audio digital que reemplazara al vinilo y al cassette. El desafío era técnico, industrial y también cultural: se trataba de definir el estándar que dominaría la música durante décadas.
En las primeras etapas, Philips manejaba un prototipo de disco de aproximadamente 11–11,5 cm de diámetro, con una capacidad cercana a 60 minutos de audio. Desde el punto de vista técnico, era suficiente para la mayoría de los álbumes comerciales de la época.
Pero en Sony había otra visión.
El rol de Norio Ohga
Norio Ohga no era un ejecutivo convencional. Además de vicepresidente de Sony, era cantante lírico con formación clásica. Para él, el nuevo formato no debía ser solo práctico: debía ser culturalmente ambicioso.
Según múltiples testimonios, Ohga sostuvo que el CD debía poder contener completa la Novena Sinfonía de Ludwig van Beethoven sin interrupciones.
En ese momento, una de las grabaciones más extensas disponibles —a menudo atribuida a una dirección de Wilhelm Furtwängler— rondaba los 74 minutos.
El estándar final terminó fijándose en 12 cm de diámetro y aproximadamente 74 minutos de duración.
¿Caso cerrado? No exactamente.
Lo que es cierto
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Sony defendía una mayor duración que la inicialmente propuesta por Philips.
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Ohga efectivamente era un apasionado de la música clásica y defendía criterios artísticos en las discusiones.
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El estándar final quedó en 12 cm y 74 minutos, superando los 60 minutos originales.
Lo que es mito (o simplificación)
No existe evidencia técnica sólida de que el diámetro del CD se haya modificado exclusivamente por la Novena Sinfonía. Ingenieros involucrados en el desarrollo señalaron años después que la decisión respondió también a:
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Límites físicos de la densidad de datos posible en ese momento.
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Compatibilidad con mecanismos ópticos y sistemas de lectura.
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Costos industriales y estabilidad del soporte.
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Proyección futura para almacenamiento de datos, no solo música.
En otras palabras: Beethoven fue un argumento poderoso, pero no el único factor.
La historia sobrevivió porque es perfecta como narrativa. Une arte y tecnología. Une el siglo XIX con la revolución digital. Y humaniza una decisión industrial compleja.
El verdadero significado
Más que un capricho romántico, el episodio revela algo más profundo: en el nacimiento del audio digital masivo, la discusión no fue solamente técnica. Hubo una dimensión cultural explícita.
En 1980, la música clásica todavía representaba un estándar de calidad sonora. Que una sinfonía pudiera escucharse sin interrupciones era, también, una declaración de principios sobre lo que debía ser el nuevo formato.
El CD no fue diseñado únicamente por Beethoven.
Pero tampoco fue diseñado ignorándolo.
Una lección para el presente
Hoy, en tiempos de streaming fragmentado y consumo en listas de reproducción, resulta casi poético recordar que el formato que dominó el mundo durante tres décadas nació discutiendo la integridad de una obra completa.
La historia del CD no es el triunfo del romanticismo sobre la ingeniería. Es algo más interesante: el momento en que la industria tecnológica todavía sentía la necesidad de justificarse ante la cultura.
Y quizás esa sea la parte menos mítica —y más reveladora— de toda la historia.
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