¿Puede un mito hacerse real? Nibiru, el cometa 3I/ATLAS y la eterna fascinación humana por lo que oculta el cielo

Por Berisso Digital Revista

Durante las últimas décadas, el nombre Nibiru reaparece como una sombra persistente en foros, libros, documentales y conversaciones cotidianas. Un supuesto “planeta oculto”, asociado a civilizaciones antiguas, cataclismos y encubrimientos oficiales. El mito —porque su origen es inequívocamente mítico— ha sido reinterpretado una y otra vez según los miedos, expectativas y vacíos de cada época.

En paralelo, la aparición real de objetos interestelares como ʻOumuamua (2017) y el reciente cometa 3I/ATLAS, cuyo origen también es interestelar, reactivó las preguntas:
¿Y si todo aquello que creemos un mito es, en parte, una mala interpretación de algo real?
¿Cómo sabemos que no hay una verdad escondida detrás de la historia original?

Esta nota intenta ordenar ese rompecabezas: ciencia, mito y percepción pública.

1. El nacimiento del mito moderno de Nibiru

Aunque se suele afirmar que “los sumerios hablaban de Nibiru como un planeta gigante”, esto no es correcto. El término aparece en tablillas mesopotámicas, pero su significado es astronómicamente simbólico, no físico: una estrella-guía, un punto de cruce celeste, un concepto religioso-astral.

La reinterpretación moderna nació en los años 70 con el escritor Zecharia Sitchin, quien combinó traducciones no aceptadas por la academia, relatos cosmológicos y especulación literaria. Su obra popularizó tres ideas que nunca existieron en los textos antiguos:

un planeta gigante más allá de Plutón,

una órbita de 3.600 años,

una visita recurrente con impacto en la humanidad.

Era un relato atractivo, casi cinematográfico. Y como todo mito poderoso, encontró terreno fértil en el imaginario colectivo.

2. Un planeta gigante no puede “aparecer de golpe”

La hipótesis de un planeta masivo entrando al sistema solar sin ser detectado no resiste un análisis básico:

Un objeto así afectaría las órbitas de Júpiter, Saturno, Urano y Neptuno.

Generaría perturbaciones que serían detectadas incluso por telescopios aficionados.

Su brillo sería visible años antes de cualquier aproximación.

La ciencia observa el cielo de manera continua, descentralizada y global. Ningún objeto grande puede esconderse.

3. ¿Y si la confusión viene de los objetos interestelares reales?

Esta es una pregunta interesante.

Cuando apareció ʻOumuamua, y más recientemente 3I/ATLAS, la comunidad científica misma debió replantear modelos. Nunca antes se habían observado visitantes interestelares, y su comportamiento generó debates legítimos.

Es razonable preguntarse:

¿Puede la aparición de algo desconocido activar mitos dormidos?
Sí. Culturalmente, ocurre siempre.

Los divulgadores más entusiastas a veces mezclan:

datos reales,

interpretaciones incompletas,

teorías alternativas,

analogías mitológicas.

Y así se genera el ruido.

Pero una cosa es cierta:
3I/ATLAS no es un planeta, ni tiene masa suficiente, ni trayectoria que coincida con nada parecido a la narrativa de Nibiru.
Es un objeto pequeño, fragmentado, cuya órbita ya está reconstruida.

Que confundamos una cosa con otra no significa que exista un encubrimiento. Significa que los humanos completamos los vacíos con historias.

4. ¿Es posible una “materialización” real de un mito?

Esta cuestión no es científica, sino antropológica.

Un mito fuerte no necesita ser verdadero para influir en la realidad.
Basta con que tenga una parte de verosimilitud para activar:

la imaginación,

los temores,

las expectativas,

las interpretaciones personales.

Cuando aparece algo extraño en el cielo —como un objeto interestelar—, la mente busca patrones conocidos. Nibiru es uno de ellos.

Pero eso no convierte el mito en un objeto físico.
Convierte el objeto físico en combustible para el mito.

5. ¿Y si hay un encubrimiento? ¿Cómo sería posible ocultar algo así?

La respuesta corta: no se puede.

La astronomía no es una institución: es una comunidad global.
Cualquier aficionado con un telescopio de 20 cm puede rastrear cuerpos brillantes.
Miles de observatorios y universidades publican datos abiertos en tiempo real.

Para ocultar un planeta se necesitaría:

censurar observatorios en más de 60 países,

bloquear sensores espaciales privados,

silenciar a cientos de miles de astrónomos independientes,

borrar fotografías del cielo tomadas por ciudadanos,

controlar redes sociales, foros y bases científicas descentralizadas.

Es más difícil ocultar un planeta que… admitir su existencia.

6. ¿Por qué entonces surge la sospecha de ocultamiento?

Porque vivimos un momento cultural donde:

la desconfianza institucional es alta,

la información se fragmenta,

lo espectacular genera más impacto que lo verificado,

y los algoritmos priorizan lo emocional sobre lo verdadero.

Las agencias espaciales cometen errores, los divulgadores exageran, los medios simplifican.
En ese vacío, los mitos encuentran espacio para renacer.

Y no es absurdo preguntar.
Lo absurdo es no preguntar.

7. Entonces… ¿Nibiru es imposible? ¿O solo improbable?

Desde la perspectiva científica:

No existe evidencia física de un planeta oculto.

No hay señales gravitacionales asociadas.

No hay trayectorias sospechosas.

No hay registros históricos serios que lo describan como objeto real.

Pero desde la perspectiva cultural, Nibiru existe como mito, como símbolo, como metáfora del miedo ancestral a lo desconocido.

Conclusión: el cielo no se puede ocultar

Si mañana apareciera un objeto enorme viajando hacia el sistema solar, miles de telescopios ciudadanos lo verían antes que cualquier agencia oficial.

La ciencia moderna tiene errores, grietas y desacuerdos, pero tiene una ventaja única:
no depende de una autoridad central para mirar el cielo.

Lo que sí depende de nosotros es entender cómo los mitos, los miedos y las preguntas abiertas moldean la forma en que interpretamos lo que vemos.

Y quizás ahí esté la clave:
Nibiru no es un planeta oculto en el espacio, sino un reflejo de todo lo que todavía nos cuesta comprender.

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