GEOINGENIERÍA: ¿QUIÉN TIENE EL PODER DE MODIFICAR EL CIELO?
Argentina frente a una tecnología que ya dejó de pertenecer a la ciencia ficción
Entre investigaciones científicas, legislación, proyectos internacionales y denuncias ciudadanas, la geoingeniería climática abre una pregunta que incomoda: si algún día fuera posible modificar deliberadamente el clima, ¿quién tendría derecho a hacerlo y quién controlaría sus consecuencias?
Por Berisso Digital Revista — Investigación especial
Hay algo extraño en las discusiones sobre el clima contemporáneo.
Mientras gobiernos, científicos y organismos internacionales advierten que el planeta atraviesa una transformación climática de enorme magnitud, paralelamente avanza otro debate, mucho menos conocido por la sociedad: la posibilidad de intervenir deliberadamente sobre algunos mecanismos del sistema climático.
Ya no se trata solamente de reducir emisiones.
Ya no se trata solamente de plantar árboles, cambiar combustibles o construir parques solares.
La pregunta empieza a ser otra:
¿podemos modificar artificialmente determinados procesos de la atmósfera para modificar el clima?
La respuesta científica es incómoda: algunas de esas tecnologías existen como líneas de investigación reales.
Lo que permanece en discusión es su escala, su eficacia, sus riesgos y, fundamentalmente, si algunas de ellas podrían llegar a utilizarse fuera de ámbitos experimentales.
En Argentina, esta discusión adquirió una dimensión particular a partir de las denuncias de la periodista ambiental Cecilia Sustersic y del colectivo CLAMA, quienes sostienen que la modificación artificial de la atmósfera no solamente es técnicamente posible, sino que ya estaría siendo utilizada.
Sus afirmaciones son mucho más fuertes que lo que hasta ahora puede demostrarse públicamente.
Y precisamente por eso merecen ser analizadas.
Porque una democracia madura no debería responder a una denuncia incómoda simplemente con un “eso es una conspiración”.
Pero tampoco debería convertir una hipótesis en una verdad antes de tener pruebas.
Entre ambos extremos existe algo mucho más difícil:
investigar.
LO QUE SE SABE
La geoingeniería climática existe
La geoingeniería no nació en las redes sociales.
Es un campo que forma parte del debate científico internacional.
Una de sus áreas más discutidas es el Manejo de la Radiación Solar (SRM), que propone modificar la cantidad de energía solar que alcanza la superficie terrestre.
Una de las técnicas más conocidas es la inyección de aerosoles estratosféricos (SAI).
La idea, simplificada, consiste en introducir partículas en las capas superiores de la atmósfera para aumentar la reflexión de parte de la radiación solar.
El concepto tiene antecedentes naturales.
Las grandes erupciones volcánicas, por ejemplo, pueden arrojar partículas y gases a la atmósfera y producir temporalmente un descenso de las temperaturas globales.
La geoingeniería intenta estudiar si determinados mecanismos podrían ser reproducidos tecnológicamente.
Pero existe un problema fundamental:
la atmósfera no es una máquina aislada.
Modificar una variable puede producir consecuencias inesperadas sobre otras.
Una reducción de la temperatura promedio no necesariamente significa una solución climática integral.
Podrían modificarse patrones de precipitaciones, circulación atmosférica, química de la atmósfera y ecosistemas.
Por eso la discusión científica está lejos de ser unánime.
LO QUE TAMBIÉN SE SABE
Los Estados ya intentaron modificar el clima
La historia tampoco permite afirmar que la modificación artificial del clima sea una fantasía.
Durante el siglo XX, diferentes gobiernos investigaron métodos para modificar precipitaciones y otros fenómenos meteorológicos.
Uno de los episodios más conocidos fue Operation Popeye, desarrollada por Estados Unidos durante la Guerra de Vietnam, destinada a incrementar las precipitaciones sobre determinadas regiones.
El episodio fue posteriormente incorporado al debate internacional sobre los límites de la modificación ambiental con fines militares.
En 1977 se adoptó la Convención ENMOD, que prohíbe determinados usos militares u hostiles de técnicas de modificación ambiental.
Argentina aprobó esa convención mediante la Ley 23.455.
Este dato resulta importante porque demuestra algo concreto:
la posibilidad de modificar deliberadamente procesos ambientales fue considerada suficientemente real como para convertirse en objeto de regulación internacional.
Eso no significa que actualmente exista un programa secreto de manipulación climática.
Pero sí demuestra que la pregunta no nació en Internet.
ARGENTINA Y LA PALABRA QUE APARECE EN UNA LEY
Hay un detalle de la legislación argentina que merece especial atención.
La Ley 27.506, correspondiente al Régimen de Promoción de la Economía del Conocimiento, incluye expresamente a la “geoingeniería y sus ensayos y análisis” entre las actividades comprendidas dentro de su marco de promoción.
La frase está allí.
Es verificable.
No es una interpretación.
Pero hay que tener cuidado con las conclusiones.
La inclusión de la geoingeniería en esa legislación no significa que la ley autorice fumigaciones atmosféricas, modificación climática clandestina o dispersión de sustancias sobre la población.
Lo que demuestra es algo diferente:
el legislador argentino reconoció la geoingeniería como un campo tecnológico existente y susceptible de formar parte de actividades de la economía del conocimiento.
Y eso abre una pregunta perfectamente legítima:
¿Qué investigaciones de geoingeniería se realizan actualmente en Argentina?
¿Quién las financia?
¿Qué organismos las supervisan?
¿Qué empresas participan?
¿Qué protocolos ambientales existen?
¿Qué información es pública?
Son preguntas que pueden formularse sin necesidad de asumir ninguna teoría conspirativa.
LO QUE SE DENUNCIA
CLAMA: “EL CIELO ESTÁ SIENDO INTERVENIDO”
Aquí aparece el segundo nivel de la historia.
Cecilia Sustersic y CLAMA sostienen que determinados fenómenos atmosféricos observados en Argentina serían compatibles con operaciones de geoingeniería.
Entre sus denuncias aparecen:
- estelas persistentes detrás de aeronaves;
- supuesta presencia de determinados elementos químicos en el ambiente;
- modificaciones anómalas de precipitaciones;
- sequías prolongadas;
- cambios en la formación de nubes;
- tecnologías electromagnéticas;
- utilización de aeronaves para dispersión de sustancias;
- y la existencia de programas internacionales de intervención climática.
La interpretación de CLAMA es que estos fenómenos forman parte de un proceso deliberado de manipulación atmosférica.
Aquí es donde el periodismo debe poner una línea.
Que una denuncia exista no significa que esté demostrada.
Pero que una denuncia sea controvertida tampoco significa que deba ser ignorada.
CHEMTRAILS: EL FENÓMENO QUE DIVIDE LAS AGUAS
Probablemente ninguna palabra concentre tanto la controversia como “chemtrails”.
La hipótesis sostiene que determinadas estelas dejadas por aviones no serían simples estelas de condensación, sino parte de operaciones destinadas a dispersar sustancias en la atmósfera.
La explicación meteorológica convencional es diferente.
Las aeronaves pueden generar contrails, estelas de condensación compuestas fundamentalmente por cristales de hielo que aparecen cuando el vapor de agua de los motores se encuentra con determinadas condiciones de temperatura y humedad.
Dependiendo de las condiciones atmosféricas, esas estelas pueden desaparecer rápidamente o permanecer durante largos períodos y expandirse.
Que una estela permanezca durante horas, por lo tanto, no constituye por sí mismo evidencia de geoingeniería.
Para demostrar que existe dispersión deliberada sería necesario algo mucho más concreto:
identificar las sustancias;
determinar su concentración;
establecer su origen;
relacionarlas con una operación determinada;
identificar quién realizó la operación;
y demostrar que existe una finalidad deliberada de modificación atmosférica.
Hasta ahora, esa cadena de evidencia no está establecida públicamente de manera concluyente para las estelas observadas habitualmente sobre Argentina.
LO QUE NO ESTÁ DEMOSTRADO
Esta es probablemente la parte más importante de toda la investigación.
No existe evidencia pública suficiente para afirmar como hecho comprobado que:
- exista una operación clandestina nacional de geoingeniería sobre Argentina;
- las estelas de los aviones comerciales sean sistemáticamente utilizadas para dispersar aluminio, bario o estroncio;
- HAARP controle el clima argentino;
- las sequías argentinas sean consecuencia de una operación electromagnética;
- la Amazonía esté siendo secada artificialmente mediante aerosoles;
- exista una red secreta internacional destinada a controlar deliberadamente la población mediante el clima;
- o que determinadas enfermedades respiratorias sean consecuencia de geoingeniería.
Todas esas afirmaciones requieren pruebas.
Y pruebas reproducibles.
¿Y HAARP?
El misterioso laboratorio que alimentó miles de teorías
HAARP se convirtió en uno de los grandes protagonistas de las teorías sobre manipulación climática.
El programa estudia la ionosfera mediante ondas de radio de alta frecuencia.
Su existencia es completamente real.
Sus instalaciones también.
La discusión aparece cuando se atribuyen a esa tecnología capacidades que no han sido demostradas científicamente.
La documentación pública de HAARP sostiene que su actividad no permite controlar el clima porque las ondas utilizadas actúan sobre la ionosfera y no sobre las capas inferiores donde se desarrolla la meteorología cotidiana.
Por lo tanto:
HAARP existe.
Investiga la ionosfera.
Pero de allí no se desprende que pueda provocar una sequía, dirigir un huracán o decidir dónde llover.
Otra vez aparece la misma regla:
existencia de una tecnología no significa demostración de todas las capacidades que se le atribuyen.
SCOPEX: CUANDO LA CIENCIA INGRESA EN EL TERRENO POLÍTICO
Otro caso que merece atención es SCoPEx, un proyecto de investigación relacionado con la geoingeniería solar.
El proyecto generó controversias precisamente porque pretendía estudiar mecanismos vinculados con la modificación de la radiación solar.
Y aquí aparece una cuestión fundamental.
Los científicos que estudian geoingeniería no necesariamente quieren desplegarla.
En muchos casos buscan precisamente comprender:
qué podría salir mal.
Ese matiz suele perderse en el debate público.
Investigar una tecnología potencialmente peligrosa puede tener como objetivo tanto desarrollarla como establecer por qué debería prohibirse o limitarse.
¿QUIÉN GANA Y QUIÉN PIERDE?
La pregunta más profunda de la geoingeniería no es tecnológica.
Es política.
Imaginemos por un momento que dentro de veinte años existiera una tecnología capaz de reducir deliberadamente la temperatura promedio del planeta.
¿Quién decidiría utilizarla?
Supongamos que un grupo de países considera que el planeta se está calentando demasiado.
Pero otro grupo depende económicamente de determinados patrones de precipitaciones.
Una intervención que beneficie a uno podría perjudicar al otro.
Entonces aparece un problema gigantesco:
¿quién tiene autoridad para decidir cuál es el clima correcto?
No existe una respuesta sencilla.
Porque el clima no respeta fronteras.
EL PROBLEMA DEL SUR GLOBAL
Para países como Argentina, Brasil, Paraguay, Bolivia o Uruguay, el asunto podría adquirir una dimensión estratégica.
Nuestra economía depende de la agricultura.
La agricultura depende del agua.
El agua depende de los ciclos atmosféricos.
Y los ciclos atmosféricos pueden verse afectados por cambios globales.
Por eso una eventual tecnología de modificación climática no debería ser analizada solamente desde un laboratorio.
También debería analizarse desde:
la soberanía alimentaria;
la soberanía hídrica;
la independencia tecnológica;
la seguridad nacional;
la protección ambiental;
y los derechos de las poblaciones afectadas.
EL CLIMA COMO NEGOCIO
Existe además otra dimensión.
La lucha contra el cambio climático generó un mercado mundial gigantesco.
Créditos de carbono.
Compensaciones.
Captura de CO₂.
Energías renovables.
Tecnologías de adaptación.
Mercados ambientales.
Y eventualmente, tecnologías capaces de intervenir directamente sobre determinados mecanismos climáticos.
La pregunta incómoda es inevitable:
¿Podría el clima convertirse en una mercancía?
Si una empresa desarrolla una tecnología capaz de reducir artificialmente determinada temperatura:
¿podría vender ese servicio?
¿Quién establecería el precio?
¿Quién sería propietario de la tecnología?
¿Quién asumiría los riesgos?
Y si la operación provoca daños sobre otra región:
¿quién paga?
SALUD: ENTRE LA PREOCUPACIÓN Y LA EVIDENCIA
Las denuncias sobre geoingeniería también suelen vincular la supuesta presencia de metales pesados en la atmósfera con problemas respiratorios, alergias y otros trastornos.
Aquí también hay que separar la preocupación legítima de la conclusión causal.
Aluminio, bario y estroncio pueden encontrarse naturalmente en distintos componentes ambientales.
Su presencia no demuestra automáticamente una dispersión artificial desde aeronaves.
Para establecer una relación sanitaria habría que demostrar toda una cadena:
sustancia → fuente → exposición → concentración → ingreso al organismo → efecto biológico.
Sin esos datos, no puede establecerse una relación causal.
Esto no significa que la contaminación atmosférica no sea un problema.
Significa que cada afirmación sanitaria necesita su propia evidencia.
EL PAPEL DE LOS CIENTÍFICOS
Existe una paradoja interesante.
Mientras algunas personas denuncian que las instituciones científicas ocultan información sobre geoingeniería, investigadores reales estudian públicamente el tema.
Incluso en Argentina existen trabajos académicos relacionados con la percepción social, los riesgos y las implicancias de la geoingeniería solar.
Esto debería permitir abandonar una falsa dicotomía.
No es necesario elegir entre:
“los científicos nos mienten”
y
“los científicos tienen todas las respuestas”.
La ciencia funciona precisamente porque admite incertidumbres, revisa hipótesis y exige evidencia.
TRES COLUMNAS PARA ENTENDER EL PROBLEMA
1. LO DOCUMENTADO
✔ La geoingeniería climática es un campo real de investigación.
✔ Existen propuestas de modificación de la radiación solar.
✔ Existen investigaciones sobre aerosoles estratosféricos.
✔ Estados desarrollaron históricamente programas de modificación meteorológica.
✔ La Convención ENMOD regula determinados usos militares u hostiles de técnicas de modificación ambiental.
✔ Argentina aprobó ENMOD mediante la Ley 23.455.
✔ La Ley 27.506 menciona expresamente la geoingeniería.
✔ Existen proyectos científicos internacionales relacionados con geoingeniería solar.
2. LO DENUNCIADO
⚠ CLAMA sostiene que existirían operaciones de modificación atmosférica sobre Argentina.
⚠ Se atribuyen determinadas estelas de aeronaves a dispersión deliberada de sustancias.
⚠ Se denuncia la utilización de tecnologías electromagnéticas para intervenir sobre fenómenos atmosféricos.
⚠ Se relacionan determinadas alteraciones climáticas con estas tecnologías.
⚠ Se plantea la existencia de intereses económicos y geopolíticos detrás de la geoingeniería.
3. LO QUE REQUIERE PRUEBAS
❓ Que las estelas comerciales sean operaciones de geoingeniería.
❓ Que exista actualmente un programa clandestino de modificación climática sobre Argentina.
❓ Que HAARP pueda controlar el clima.
❓ Que las sequías argentinas sean provocadas artificialmente.
❓ Que aluminio, bario o estroncio detectados en determinadas muestras provengan de aeronaves.
❓ Que la geoingeniería sea responsable de determinadas enfermedades.
❓ Que exista una estructura internacional secreta destinada a controlar poblaciones mediante manipulación atmosférica.
LA PREGUNTA QUE DEBERÍA HACER ARGENTINA
Quizás la discusión debería abandonar por un momento las redes sociales y llegar al Congreso, las universidades, los organismos ambientales y los municipios.
No para aprobar ninguna teoría.
Tampoco para descartarla automáticamente.
Sino para hacer preguntas oficiales.
¿Qué proyectos de geoingeniería se investigan actualmente en Argentina?
¿Qué universidades participan?
¿Qué empresas participan?
¿Qué organismos estatales supervisan esas investigaciones?
¿Existen ensayos de campo?
¿Qué sustancias pueden utilizarse?
¿Qué protocolos ambientales se aplican?
¿Qué mecanismos existen para informar a las poblaciones potencialmente afectadas?
¿Qué autoridad podría autorizar una intervención atmosférica de gran escala?
Y una pregunta todavía más importante:
¿EXISTE UN PROTOCOLO NACIONAL PARA LA GEOINGENIERÍA?
Si existe, debería ser público.
Si no existe, quizá haya llegado el momento de discutirlo.
EL PRINCIPIO DE PRECAUCIÓN
Hay una herramienta jurídica y ambiental especialmente importante para este debate:
el principio precautorio.
Cuando una actividad puede producir daños graves o irreversibles, la ausencia de certeza científica absoluta no debería utilizarse necesariamente como argumento para postergar medidas preventivas.
Esto no significa prohibir cualquier investigación.
Significa establecer límites.
Transparencia.
Control independiente.
Evaluación ambiental.
Participación pública.
Monitoreo.
Responsabilidad.
Y trazabilidad.
Porque si algún día la humanidad decide intervenir deliberadamente sobre la atmósfera, no debería hacerlo detrás de las puertas cerradas de un laboratorio, una empresa o un gobierno.
EL DERECHO A MIRAR EL CIELO
Hay una dimensión cultural que tampoco debería ignorarse.
Durante miles de años, los seres humanos miraron al cielo para comprender el mundo.
Hoy observamos nubes, tormentas, sequías, aviones y estelas y muchas veces recurrimos inmediatamente a una pantalla para interpretar lo que estamos viendo.
Eso genera una paradoja.
La tecnología nos permite conocer más que nunca.
Pero también puede generar una dependencia absoluta de las explicaciones institucionales.
La respuesta tampoco consiste en confiar ciegamente en nuestra percepción.
Nuestros sentidos pueden equivocarse.
La solución es otra:
mirar, preguntar, medir y contrastar.
UNA DISCUSIÓN QUE RECIÉN COMIENZA
La geoingeniería plantea uno de los dilemas más extraordinarios del siglo XXI.
La humanidad transformó el clima sin proponérselo mediante la industrialización.
Ahora comienza a estudiar la posibilidad de modificarlo deliberadamente.
Es una diferencia enorme.
Porque una cosa es producir accidentalmente una transformación.
Otra es decidir conscientemente intervenir sobre el sistema planetario.
Y si alguna vez esa decisión llega a tomarse, probablemente será una de las decisiones políticas más importantes de la historia.
Por eso las preguntas de CLAMA merecen ser escuchadas.
Pero también deben ser sometidas a investigación.
Las afirmaciones científicas deben poder medirse.
Las denuncias deben poder verificarse.
Las instituciones deben transparentar sus actividades.
Y los medios deben resistir dos tentaciones igualmente peligrosas:
el sensacionalismo y el silencio.
EPÍLOGO
Tal vez dentro de algunos años descubramos que buena parte de las actuales denuncias sobre geoingeniería eran equivocadas.
Tal vez descubramos que algunas tenían una base real que hoy todavía desconocemos.
O quizás descubramos algo más complejo:
que determinadas tecnologías sí existían, pero que sus capacidades fueron exageradas;
que algunos experimentos fueron reales, pero no tenían la escala que se les atribuía;
que determinados fenómenos atmosféricos tenían explicaciones naturales;
y que, al mismo tiempo, el mundo científico estaba desarrollando tecnologías que la sociedad nunca había discutido seriamente.
Por eso hay una pregunta que permanece abierta.
No es:
“¿Nos están fumigando?”
La pregunta es mucho más profunda:
¿QUIÉN CONTROLA EL CLIMA QUE VIENE?
Y detrás de ella aparecen otras:
¿Quién controla la tecnología?
¿Quién controla los datos?
¿Quién controla las decisiones?
¿Quién asume los riesgos?
Y finalmente:
¿Puede una sociedad democrática permitir que alguien modifique deliberadamente la atmósfera sin que la sociedad sepa siquiera que está ocurriendo?
Quizás esa sea la verdadera discusión que deberíamos empezar a tener.
No mañana.
Ahora.