Carl Sagan y la advertencia que se adelantó a nuestro tiempo
Hace casi tres décadas, el célebre astrónomo y divulgador científico advertía sobre una sociedad cada vez más vulnerable a la desinformación, la pseudociencia y la pérdida del pensamiento crítico. En tiempos de redes sociales, algoritmos e inteligencia artificial, sus palabras adquieren una vigencia inquietante.
Por Berisso Digital — BDM
Hay textos que pertenecen a una época y otros que parecen escapar de ella.
The Demon-Haunted World: Science as a Candle in the Dark (El mundo y sus demonios: la ciencia como una vela en la oscuridad), publicado por Carl Sagan en 1995, pertenece a esa segunda categoría.
Cuando Sagan escribió aquellas páginas, Internet todavía no formaba parte de la vida cotidiana de la mayoría de las personas. Las redes sociales no existían. Los teléfonos inteligentes eran ciencia ficción. Los algoritmos capaces de seleccionar qué información vemos todavía estaban muy lejos de convertirse en protagonistas de nuestra vida diaria. Y la inteligencia artificial generativa, capaz de producir textos, imágenes, voces y videos en cuestión de segundos, parecía pertenecer a un futuro remoto.
Sin embargo, Sagan observó algo que no dependía de ninguna tecnología específica.
Observó al ser humano.
Y advirtió que una sociedad que pierde la capacidad de pensar críticamente puede convertirse en una sociedad extraordinariamente vulnerable.
Una advertencia que no era una profecía
Una de las reflexiones más conocidas del libro comienza con una frase que hoy resulta particularmente llamativa:
“Tengo un presentimiento sobre el futuro de Estados Unidos, en la época de mis hijos o nietos…”
A partir de allí, Sagan imaginaba una sociedad dominada por una economía basada en los servicios y la información, con enormes capacidades tecnológicas concentradas en pocas manos y una población cada vez menos preparada para comprender cuestiones complejas.
Pero su preocupación iba mucho más allá de la tecnología.
Le preocupaba que las personas perdieran la capacidad de distinguir entre aquello que simplemente desean creer y aquello que puede demostrarse.
Sagan advertía sobre una posible decadencia de las facultades críticas y sobre el regreso de la superstición, la pseudociencia y la aceptación acrítica de cualquier afirmación presentada como verdadera.
Y entonces aparece una de las frases más contundentes de aquel pasaje:
“Una especie de celebración de la ignorancia.”
La frase puede resultar incómoda, pero precisamente por eso conserva su fuerza.
Sagan no estaba diciendo que todas las personas debieran ser científicas. Tampoco sostenía que el conocimiento científico pudiera resolver todos los problemas humanos.
Su preocupación era otra: qué ocurre cuando una sociedad deja de valorar el conocimiento, la evidencia y la capacidad de formular preguntas.
El problema no es no saber
Hay una diferencia enorme entre ser ignorante sobre un determinado tema y celebrar la ignorancia.
Nadie puede saberlo todo.
Un médico puede desconocer cuestiones complejas de astronomía. Un astrónomo puede no saber cómo funciona una determinada enfermedad. Un ingeniero puede desconocer la historia de una civilización. Un historiador puede no comprender en profundidad un determinado fenómeno físico.
La especialización forma parte de nuestra sociedad.
El problema aparece cuando dejamos de reconocer que no sabemos.
Cuando alguien escucha una explicación que contradice sus creencias y, en lugar de investigar, responde simplemente que “eso es mentira”.
Cuando una persona comparte una noticia sin leerla.
Cuando un video de pocos segundos parece suficiente para explicar un fenómeno extremadamente complejo.
Cuando un rumor adquiere la categoría de verdad simplemente porque fue repetido miles de veces.
Cuando un dato es aceptado no porque tenga evidencia detrás, sino porque confirma aquello que ya pensábamos.
Para Sagan, el pensamiento crítico no consistía en desconfiar de todo.
Consistía en aprender a preguntar por qué deberíamos creer algo.
La ciencia no pide fe
Una de las grandes paradojas de nuestro tiempo es que vivimos rodeados de productos y tecnologías desarrollados gracias al conocimiento científico, pero al mismo tiempo asistimos a una creciente circulación de afirmaciones que carecen de evidencia.
Utilizamos teléfonos inteligentes, GPS, satélites, medicamentos, computadoras, sistemas de comunicación y tecnologías médicas construidas a partir de décadas de investigación.
Sin embargo, en el mismo espacio digital pueden convivir investigaciones científicas rigurosas con teorías conspirativas, tratamientos milagrosos, pseudociencias, rumores y afirmaciones imposibles de comprobar.
La diferencia fundamental es que la ciencia no funciona porque alguien diga “créeme”.
La ciencia funciona precisamente porque permite cuestionar, comprobar, repetir, corregir y eventualmente refutar sus propias conclusiones.
Una teoría científica no se vuelve verdadera porque tenga muchos seguidores.
Una afirmación tampoco se vuelve cierta porque aparezca millones de veces en Internet.
La popularidad no es evidencia.
De la televisión de Sagan al algoritmo
Cuando Sagan hablaba de los medios de comunicación, pensaba principalmente en la televisión, la radio y la prensa.
Le preocupaba la reducción progresiva de los contenidos complejos y el crecimiento de formatos diseñados para captar rápidamente la atención.
En aquel momento hablaba de mensajes de 30 segundos.
Hoy vivimos en un ecosistema donde muchas veces la comunicación se mide en segundos.
Un título.
Una imagen.
Un video vertical.
Una frase fuera de contexto.
Un comentario.
Un “me gusta”.
Un “compartir”.
Y detrás de todo ello existen algoritmos que determinan, en gran medida, qué contenidos tienen mayor posibilidad de aparecer frente a nuestros ojos.
El resultado es una paradoja:
nunca tuvimos tanto acceso a la información y, al mismo tiempo, nunca fue tan sencillo quedar atrapados en un universo de información que confirma exclusivamente nuestras propias ideas.
La persona ya no necesita enfrentarse a una única fuente de información.
Puede construir, sin siquiera darse cuenta, una realidad informativa completamente personalizada.
Cuando el algoritmo conoce nuestras emociones
Las plataformas digitales no solamente muestran información.
También aprenden qué nos interesa.
Qué nos enoja.
Qué nos sorprende.
Qué nos genera miedo.
Qué nos entretiene.
Qué nos hace permanecer unos segundos más frente a una pantalla.
Y ese conocimiento puede ser utilizado para seleccionar el contenido que recibimos.
Esto plantea un desafío enorme para el pensamiento crítico.
Porque una mentira no necesariamente compite con una verdad.
Muchas veces compite con nuestra atención.
Y en esa competencia, el contenido más escandaloso, emocional o sorprendente puede tener ventaja sobre una explicación rigurosa que requiere tiempo para ser comprendida.
Sagan ya había identificado parte de ese problema cuando hablaba de la pérdida de contenido sustancial y de la transformación de los medios en espacios orientados al mínimo común denominador.
Internet multiplicó esa tendencia y, al mismo tiempo, abrió posibilidades extraordinarias para acceder al conocimiento.
La tecnología, por sí misma, no es el problema.
La cuestión es cómo decidimos utilizarla.
La era de la desinformación
La desinformación no es un fenómeno nuevo.
Los rumores, la propaganda y las noticias falsas existen desde mucho antes de Internet.
Lo que cambió radicalmente es la velocidad y la escala.
Una afirmación falsa puede llegar hoy a miles o millones de personas antes de que alguien tenga tiempo de verificarla.
Y cuando finalmente aparece una corrección, puede ocurrir que el contenido original ya haya quedado instalado en la memoria colectiva.
Existe además un fenómeno psicológico conocido como efecto de familiaridad: cuanto más escuchamos una afirmación, más familiar puede parecernos, incluso cuando esa repetición no aporta ninguna evidencia sobre su veracidad.
Por eso el pensamiento crítico resulta fundamental.
No alcanza con preguntarse:
“¿Esto me gusta?”
Hay que preguntarse:
“¿Esto es cierto?”
Y, sobre todo:
“¿Cómo podemos saberlo?”
El regreso de la pseudociencia
Sagan dedicó buena parte de su obra a cuestionar la fascinación por la pseudociencia.
No se trataba simplemente de burlarse de quienes creían en determinadas ideas.
Su preocupación era que algunas afirmaciones pudieran adquirir la apariencia de conocimiento sin someterse a los mecanismos que permiten distinguir una explicación científica de una afirmación sin fundamento.
La pseudociencia puede utilizar palabras técnicas, gráficos, estadísticas, testimonios personales e incluso referencias científicas para construir una apariencia de autoridad.
Pero la apariencia de ciencia no convierte una afirmación en científica.
La pregunta fundamental continúa siendo la misma:
¿Dónde está la evidencia?
Y si existe evidencia:
¿Puede ser comprobada independientemente?
Ese mecanismo de preguntas puede aplicarse a prácticamente cualquier aspecto de nuestra vida.
Desde una información que circula por redes sociales hasta una promesa comercial, una afirmación política, una supuesta cura milagrosa o una teoría conspirativa.
La trampa de creer lo que queremos creer
Quizás uno de los aspectos más difíciles del pensamiento crítico sea aceptar que nosotros mismos podemos equivocarnos.
Es mucho más sencillo detectar el error ajeno que reconocer el propio.
Cuando una información coincide con nuestras ideas, solemos aceptarla con menos resistencia.
Cuando contradice aquello que pensamos, exigimos muchas más pruebas.
Ese comportamiento puede convertirse en una trampa.
Porque si solamente aceptamos las evidencias que confirman nuestras creencias, dejamos de investigar.
Y cuando dejamos de investigar, el pensamiento crítico comienza a desaparecer.
Sagan defendía justamente lo contrario: la disposición a revisar nuestras propias conclusiones.
No se trata de cambiar de opinión constantemente.
Se trata de tener la honestidad intelectual suficiente para reconocer cuándo una evidencia sólida demuestra que estábamos equivocados.
El nuevo desafío: la inteligencia artificial
En los últimos años apareció una nueva dimensión del problema que Sagan nunca llegó a conocer.
La inteligencia artificial generativa.
Hoy una computadora puede producir un artículo, una fotografía, una voz, una ilustración o un video que pueden resultar extremadamente convincentes.
Esto abre oportunidades extraordinarias.
Puede ayudar a estudiantes, investigadores, periodistas, artistas, docentes y profesionales. Puede facilitar el acceso al conocimiento y convertirse en una herramienta de enorme utilidad.
Pero también introduce un desafío inédito:
ya no podemos asumir que aquello que vemos o escuchamos necesariamente ocurrió.
Una fotografía puede ser generada artificialmente.
Una voz puede ser clonada.
Una persona puede aparecer diciendo algo que nunca dijo.
Un video puede mostrar un acontecimiento inexistente.
Y un texto puede tener una apariencia impecablemente profesional sin que ninguna de sus afirmaciones sea verdadera.
La tecnología vuelve a colocarnos frente a la misma pregunta que Sagan consideraba fundamental:
¿Cómo sabemos que esto es cierto?
La importancia de saber dudar
Dudar no significa negar.
Dudar significa detenerse.
Buscar.
Comparar.
Preguntar.
Consultar distintas fuentes.
Revisar los datos.
Reconocer nuestras propias limitaciones.
Y aceptar que algunas preguntas todavía no tienen una respuesta definitiva.
La ciencia se siente cómoda con la incertidumbre.
La propaganda, en cambio, suele ofrecer certezas absolutas.
La pseudociencia promete respuestas sencillas.
Las teorías conspirativas ofrecen explicaciones totales.
Las redes sociales favorecen muchas veces las frases contundentes.
Pero la realidad suele ser mucho más compleja.
Y comprender esa complejidad requiere tiempo.
Una vela en la oscuridad
El título del libro de Sagan contiene una metáfora extraordinariamente poderosa.
La ciencia como una vela en la oscuridad.
Una vela no ilumina todo el universo.
No elimina la noche.
No responde todas las preguntas.
Pero permite ver un poco más lejos.
Permite saber dónde estamos.
Permite evitar algunos obstáculos.
Y permite encender otras velas.
Esa es, quizás, una de las mejores metáforas para entender qué significa el pensamiento científico.
No significa tener todas las respuestas.
Significa tener mejores herramientas para buscar respuestas.
Significa reconocer la diferencia entre una hipótesis y un hecho.
Entre una opinión y una evidencia.
Entre un testimonio y un dato.
Entre una coincidencia y una relación causal.
Entre una explicación convincente y una explicación demostrada.
Una advertencia que sigue vigente
Casi tres décadas después de la publicación de The Demon-Haunted World, muchas de las preocupaciones de Sagan siguen formando parte de nuestras discusiones cotidianas.
Vivimos una época de enormes avances científicos y tecnológicos.
Pero también de enorme fragilidad informativa.
Tenemos más conocimiento disponible que cualquier generación anterior, pero también más posibilidades de ser expuestos a información falsa.
Tenemos herramientas extraordinarias para comunicarnos, pero también mecanismos capaces de amplificar el odio, el miedo y la mentira.
Tenemos acceso a especialistas de todo el mundo, pero también a miles de personas que pueden presentarse como expertas sin serlo.
Y tenemos inteligencia artificial capaz de ayudarnos a comprender mejor el mundo, al mismo tiempo que puede utilizarse para fabricar contenidos falsos cada vez más difíciles de detectar.
La respuesta no debería ser rechazar la tecnología.
Tampoco desconfiar de todo.
La respuesta es educarnos para utilizarla mejor.
Pensar sigue siendo un acto de libertad
Quizás la mayor enseñanza de Carl Sagan no sea que debamos creer en la ciencia por encima de cualquier otra cosa.
Su mensaje era más profundo.
Debemos aprender a pensar.
A preguntar.
A investigar.
A reconocer nuestras limitaciones.
A exigir evidencia.
A escuchar argumentos diferentes.
A cambiar de opinión cuando los hechos lo justifican.
Y a comprender que ninguna autoridad está por encima de la posibilidad de ser cuestionada.
Porque una sociedad que puede preguntar es una sociedad más difícil de manipular.
Una sociedad que puede verificar es una sociedad más resistente a la mentira.
Una sociedad que valora el conocimiento es una sociedad que puede tomar mejores decisiones.
Y una sociedad que enseña a sus ciudadanos a pensar críticamente tiene una herramienta fundamental para defender su libertad.
Carl Sagan murió en 1996.
No llegó a conocer las redes sociales, los teléfonos inteligentes, los influencers, los algoritmos personalizados ni la inteligencia artificial generativa.
Pero comprendió algo que permanece intacto:
el mayor peligro no está solamente en la cantidad de información falsa que puede existir, sino en que dejemos de tener las herramientas para reconocerla.
Por eso, casi treinta años después, aquella “vela en la oscuridad” continúa siendo una imagen extraordinariamente vigente.
No porque Sagan hubiera predicho exactamente nuestro presente.
Sino porque entendió una característica permanente de la condición humana:
cuando dejamos de preguntar, otros comienzan a pensar por nosotros.
Y quizá esa sea la razón por la que su obra continúa interpelándonos.
En un mundo cada vez más veloz, aprender a detenerse, comprobar y pensar puede convertirse en uno de los actos más revolucionarios que todavía tenemos a nuestro alcance.